“Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano

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miércoles, 27 de abril de 2011

un peso

No me podía dormir. Cerré los ojos y me imaginé panzón, con traje, bigotes, con el pelo peinado para atrás a la gomina. Millonario. Con la misma actitud que la del tipito del Monopoly. Con mucha plata. Abrí los ojos en la oscuridad de mi cuarto y me dije ¿qué haría con mucha gita?
1. Si tuviera mucha plata, me publicaría. Y sería un éxito. Hasta diría que, con mucha plata, sería un excelente escritor.
Me pondría una editorial, con un nombre cualquiera, como El arbusto o Pasamanos u Olor a papel. Le diría a un amigo o a algún desconocido, para que no se sospeche, que aparezca como dueño de la firma. La editorial sacaría una edición de 30 mil ejemplares de mi primer libro, además de tiradas cortas de escritores inéditos, como jugándosela, para no despertar sospecha. El mercado literario y la prensa se sorprenderían, lo que haría despertar cierta curiosidad en algunos (los primeros de una gran masa de) lectores. A la semana contrato a mucha gente para que me compre el libro. Una vez agotado, con la misma plata que gané porque se “vendieron” todos los ejemplares, la editorial me reedita (si no es que viene otra editorial, una verdadera, y ruega publicarme). Para ese entonces ya pretendo tener mis propios lectores, movidos por la lectura de afiches y artículos en los diarios. Esto último es una de las cuestiones más simples, bastaría con ir a tomar un café con los dueños de los periódicos más prestigiosos (quienes seguro cuentan con alguna editorial) y explicarles el negocio, quizás pactar algunos números.
2. Qué fácil sería conquistarla si tuviera mucho dinero. Pero, ojo: no porque la billetera mate al galán, sino porque más vale galán disfrazado que a la deriva y sin un mango. No ostentaría. Todo lo contrario. Compraría todo lo que puede llegar a tener un “tipo común”, con ciertos gustos decididamente inclinados a los que estoy convencido que a ella le atraería.
3. Con mucha guita haría otra liga nacional de fútbol. Una tan grande que compita con la A.F.A., que sea lo suficientemente grande como para que en algunos años la elimine y domine el mercado futbolístico nacional. Haría equipos y estadios, compraría los que ya existen. Contrataría excelentes jugadores pero, claro, sería el dueño de la pelota. Jugaría, por supuesto, en el equipo más importante. Y ganaría millones, vale decirlo.
4. Con mucha plata en mi poder, sería superhéroe. No creo que llegue a volar o hacerme invisible, porque esa no es una cuestión de dinero. Pero me encargaría de cuidar a las mujeres que andan solas caminando de noche. Me quedaría en las paradas de colectivos, esperando a mujeres solas y las acompañaría hasta su casa. Luchomán, el superhéroe de barrio. Contrataría ladrones y violadores para que se dejen cagar a piñas por mí y para que me cuiden de los verdaderos ladrones y violadores. En poco tiempo se correría la bola de que en mi barrio a nadie le roban porque estoy yo. De ahí a ser héroe nacional hay una línea demasiado fina. Lo más complejo es de héroe a superhéroe, pero también pensé en eso: contrataría los mejores magos del mundo para que me enseñen esos trucos imposibles y, como ellos, haría pasar por realidad diversas ilusiones. Ustedes se preguntarán ¿y por qué los magos no se convierten superhéroes haciendo lo que hacen? Pregunta estúpida. Los magos no tienen guita, hacen eso para ganarla. Los magos lo hacen (mediante un pacto con el espectador) en teatros, estudios de televisión o cumpleaños, ¿cuándo vimos a un superhéroe en alguno de esos lugares? Y lo más importante: para ser superhéroes, los magos primero deberían ser héroes.
5. Con mucho dinero me compraría grandes terrenos en distintos puntos cardinales, con distintos climas y vegetaciones. Luego, compraría todas las especies de animales existentes. ¿Se podrá? Hacer como un arca de Noé, pero sin arca, sin Noé y sin el chamuyo de la inundación. Sin otro poder mágico o divino que el dinero. El zoológico más grande del mundo. Después no sé que haría con eso. Tal vez simplemente cobraría entradas imposibles o trataría de llevarme todo a la luna.

Mi conciencia insiste, perdón.
-¿Todas cosas materiales?
-No, las minas no son materiales, el despertar en la gente idolatría hacia mí por ser un gran jugador de fútbol o un superhéroe no me parece para nada materialista.
-Pero estás jugando con los sentimientos de otras personas, los comprás. ¿Vos te creés que todos los terrícolas se dejan convencer o engañar por dinero?
-No solo lo creo, lo veo todos los días.
-Nunca ayudar a gente que lo necesita, ¿no?
-Bueno, está bien:
6. Regalaría mucha plata a gente pobre sabiendo que porque un rico regale plata nada va a cambiar pero eso me serviría para la legitimidad de la sociedad y para mentirme con que soy una gran persona.
-Muy gracioso. Sabés que no me refería a eso. Podés hacer obras de bien.
-Bueno:
7. Haría obras de bien.
-Que sigas en esa postura demuestra lo mal tipo que sos, ¿te das cuenta? Y yo no te la puedo dejar pasar, para algo estoy.
-¿Qué querés? ¿Dónde viste que alguien que de la noche a la mañana se vuelve multimillonario use esa plata para hacer el bien? Es sabido, los nuevos ricos son muchísimo más forros que los viejos ricos. Por temor o inexperiencia en el gremio.
-¿El “gremio”? ¿Tienen un gremio los que tienen guita, sólo por levantarla en pala? El colmo de los colmos.
-Más respeto, eh. No hables así de los muchachos que te mandamos a la patota. Además, ¿qué problema tenés con que nos organicemos para defender nuestros intereses?
-Claro, claro. Acordate que mañana te tenés que levantar a las siete.

miércoles, 21 de julio de 2010

Viajar a ninguna parte

Arranca la viajera el rumbo, traza el destino de un día hacia dónde y hacia cómo, sin saber queriendo. Rompe ella el recuerdo del ayer en viaje, mira la muñeca sin reloj y sigue en flote.

Va. No mira para atrás pero sí para los costados y ahí resuelve enamorarse, jugar, descubrir. No falta menos nunca. No viaja por llegar sino por ir. Sigue esperando y escribiéndolo mientras se asoma a inalcanzables cicatrices. Vuelve a la montaña para verlo en el mar, al bosque para escucharlo en cascadas, al desierto para contarlo y encontrarlo muerto. Y cuando vuelve sigue. Está segura, cuando se viaja se sueña y cuando se sueña se busca. Imaginando encuentra y por eso va. Sueña, imagina y busca otra cosa, otro mundo. Viajando lo encuentra y también lo pierde. Por eso a veces para y escucha los silencios.

Una heroína va. Sola va. En la nada va. No se cansa, sigue. Busca y encuentra los colores y escucha las melodías en viaje. Pero los colores se mueven y las melodías son infinitas. Por eso va y no para; o para para seguir yendo y está quieta en varios lugares al mismo tiempo.

En la noche piensa en el posible silencio de renuncia voluntaria, en volver o simplemente en seguir sin pensar. Pero siempre termina por pensar soñando. Y en la imaginación desaparece, sigue en búsquedas que son viaje. Y a ustedes qué carajo les importa si va o si vuelve al viajar. Y eso le retuerce el hígado y la ata a recuerdos que creía rotos, a rostros que siempre supo que no podría olvidar. Porque a nadie le interesa, y por eso viaja. Llega a sus manos sólo para irse y él lo sabe. Se ríe viajando y enumera los motivos de asco por las ciudades y las idiosincrasias de la gente que las ocupan.

Al otro día despierta, llega y sigue viajando, buscando o imaginando…

Por Mano

jueves, 25 de marzo de 2010

Sentada en la nube

Empezó a correrlo, se le iba. Estaba bastante lejos y apurado.
El agua serena, calma, indiferente, como si no quisiera estar ahí, lo distraía, naranja, marrón y, recién después, antes de horizonte, se hacía muy azul o verde. Le sonrojaba la idea de tomarse todo el agua del río, ¿cómo sería? Habrá millones y millones, llegarán hasta el centro de la tierra, se preguntaba, cuántos años se tardará en contar todos los copos de arena. Desde acá no se diferencian, parecen todo uno, que va cambiando velozmente de color y consistencia. Se ve como cuando anda en bicicleta, siempre a la misma distancia. Seguía corriendo fuerte y la arena que fue negra, amarilla, cada vez era más blanca y fría.

A medida que corría se alejaba, por rotación creo, y él parecía que entraba cual moneda de oro en ranura de alcancía. Un niño sentado con las piernas estiradas en la arena lo siguió con sus ojos redondos, gigantes, cuanto estuvo a su alcance. Con una palita en la mano, la madre le decía algo mientras él movía el chupete entre los finos labios, preguntándole a él si sabía que los reyes magos saben que sabemos que no existen. Le contestó que no y el niño le dijo algo así como que detestaba que su madre (dijo “madre”) use el diminutivo todo el tiempo. Quedate a charlar un rato, pero ya estaba a unos cien metros. Pensó que no había nubes pero vio una, justo sobre el crepúsculo. Rápido miró el resto del cielo, celeste como nunca. Estaba la luna echando al sol, engordándose de risa blanca. Por más que bajó la cabeza, volvió a la arena, a las ramas traídas por la mar, a las incontables huellas; por más que sus ojos mostraban la concentración que se necesita para imaginarse todas las historias posibles que envuelve ese mundo cada vez más blando a sus pies; y por más que su mirada se fijase en algunas piedras u ostras de colores inverosímiles, su cabeza seguía en el cielo. En lo raro de aquella nube.
Sentada con las piernas cruzadas, con pantalones azules, gastados, casi blancos en las rodillas. Ahí arriba, sí, sentada, pensando quizás en cuándo se iba a decidir a mirarla o, ya teniendo esa certeza, con la cabeza en otro lado. Pero mirándolo, siempre y fijo. Apurada, radiante, algo molesta, se la veía cómoda, pero queriendo algo más. Casi no se movía, le sentaba muy bien la pose pero más aún la nube sosteniéndola flotar. Estaba riéndose como si ese gesto se le despertara al verlo moverse o hablar solo, parada al lado de la cama o de pensarse riéndose por verlo desde ahí, señalándole otra nube, una más grande, más arriba.
Y él entre sueño y vigilia. En ese momento en que se sigue durmiendo pero que ya se es conciente de que se está en un sueño. Viéndose a sí mismo corriendo en la playa o durmiendo en la cama, como en tercera persona, diciéndose (no sé si en voz alta o no), por un lado que no quiere despertar y, por el otro, asombrado, divertido, viéndola, qué hacés sentada ahí arriba.
Con esa sonrisa que brota cuando lo inesperado, la siguió mirando, pero de reojo. Seguía igual de iluminada por más que allí abajo estaba cada vez más oscuro. Movía en traslados cortos y veloces el pie de la pierna que cruzaba por enzima de la otra, mirándolo, claro, ¿y?, con las cejas levantadas y las dos manos en una rodilla.
Habrá seguido ahí por un rato más o una eternidad, pero el sol ya se le había escapado, o despertó, y no la vio más.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Encuento

o la sorpresa de escribir
I
Una vez más llegué. Otra vez el calor y las lecturas.
II
No sé si debería volver a ir a ese sitio. Las emociones que allí he vivido son muy fuertes, siempre termino por irme rápido para escribir lo ocurrido con la transpiración aun en la frente, con los pelos de los brazos aun erizados, con las risas que de a momentos, ahora, por ejemplo, se me escapan sin pedir permiso. Es más difícil que simplemente recordar, pues es como si todavía lo estuviese viviendo, sino pregúntenle a mis dedos que todavía siguen temblando y errándoles a las teclas.

III

Me tortura la postura, bastante contradictoria por cierto, de que el amor si no es mutuo sirve de nada. Creo que esa es la lección que mi cabeza, a través de la razón, le quiere imponer a algunos de mis lados sensibles; los cuales, por sensibles, claro, las más de las veces emblandecen en sus posturas. Ya veo por qué en este momento me estoy acordando, un poco tarde, que su amor es prohibido por imposible.
IV

Pensándolo bien. Sí, se podría decir que no sé si quiero volver a ese lugar porque cada vez que voy la paso muy, pero muy, bien. Nunca llega lo que esperás y te sorprende lo impensado. No estoy seguro, pero creo que me enamore todas las veces que fui. Sé que no quiere decir mucho esto, pero tampoco se me ocurre cómo explicar por qué no sé quiere volver a un lugar que nunca te defraudó. Es como no querer hacer un pacto con una persona por saberla buena, honesta y solidaria.

V

Sería maravilloso tener la filmación de mi cara en el momento que la veo. Qué graciosa habrá sido, cómo me lamento de que sea ella y no yo, y no cualquier otro u otra, el o la que la viera.

VI

Mi enamoramiento se incrementa al mismo tiempo que su belleza y que todo lo de incoherente que tiene esta situación. Es que cada día estoy más enamorado, ella está cada vez más linda y esas dos cosas cada vez tienen menos sentido. En cambio, las posibilidades de que estemos juntos algún día, y otra vez la razón, son inversamente proporcionales a las otras tres cosas, al amor, a la belleza y a la incoherencia.

VII

Mis pensares no serían negativos si en ellos encontrara otra cosa que no sea la certeza de su indiferencia. Si no estuviese seguro de que ya olvidó este momento, para mí, eterno.

VIII

No era necesario que me haga advertir su presencia. Todo hubiese estado bien para mí si no llamaba mi atención. Si pasaba de largo, quizás percatándose de que yo estaba ahí y era curioso verme, pero sin interrumpirme la concentrada lectura que por el recuerdo insistente de su sonrisa tuve que abandonar después de verla. Su gesto, que supongo impulsivo por lo inhabitual de la situación, sus innumerables ojos verdes gigantes fijándose en los míos o en mi boca imposible de cerrar, bastaron tanto para mí como me hubiese llenado uno de sus siempre imaginables y concretos sólo en sueños, besos. Es que sus ojos y sus labios son igual de indescriptibles, pero si hablo de alguno no quedan palabras para el otro. Por eso, y creo que porque fue lo único que llegué a ver, supongo que hablo sólo de sus ojos. Si es posible imaginarse de alguna manera a Remedios, la bella, aquella que con su hermosura mató a más de uno en Macondo, yo la imaginaría con el rostro de ella.

IX

¿Habrá paz en sus pupilas?

X

Que alguien se imagine imaginándose la imaginación de un gran escritor latinoamericano. El que logre ese estado diría, claramente, que se necesita de mucha concertación y que además se vuelve difícil volver a la realidad repentinamente una vez que se está en ese clima.
Que cualquier persona diga quinientos nombres de personas con las que crea que puede llegar a encontrarse en el lugar que se encuentra en este momento. Cinco minutos antes de que viera sus ojos, yo no la hubiese nombrado.
Que alguna persona señale a otra al azar y le ordene leer un libro sin letras, en blanco. Ahí mi imposibilidad de seguir leyendo después de verla.
Que cada uno de los que lean esto se imagine a menos de un metro de lo que más quiere en la vida, pero sin poder vulnerarlo. Tan inalcanzablemente cerca me sentí yo.
Que todos los anteriores pregunten a todos sus conocidos qué harían, qué le pedirían, a Dios si lo vieran por dos segundos.
Que el más olvidado y dolorido de los seres humanos me diga cómo sería feliz. Estoy seguro que su respuesta terminaría en los ojos de ella, coincidiendo con el deseo del más afortunado y feliz que exista.
Que se hagan comisiones de sabios y eruditos del mundo y que me expliquen, en la cantidad de tiempo que ella estaba frente a mí, qué es la belleza. Sólo si lo logran sin usarla a ella de ejemplo tendrán mi consentimiento de sabios y eruditos.
Que el más sordo de este mundo escuche qué le dice el sol al oído, que al mismo tiempo yo, sin escuchar, coincidiré escribiendo el nombre de ella en un papel.
No sé como describir mi sorpresa, mi manera de no reaccionar.

XI

Es de cobarde, pero también es por no saber cómo demostrar valentía.Lo inútil de mi explicación se simplifica entendiendo que las palabras son eternas, pero esos ojos no.

miércoles, 6 de enero de 2010

Trillizas

Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
D. A.

Una vez, en Uruguay, me crucé con el único hombre que sabía de la existencia de las trillizas, aquellas que ni la madre lo supo nunca. Cada una esperó la muerte de otra para nacer. De la primera muchos no saben de su paso por el mundo, y de los pocos que saben hay bastantes que prefieren no saber. De la del medio nadie tiene rastros, no se sabía si había nacido hasta que se supo que había muerto porque nació la tercera. La tercera está siendo.
Muchas personas quizá conocieron -aunque lo dudo- a cada una de estas tres señoritas pero yo me crucé con la única persona que sabía que eran trillizas, me decía, por sus ojos, ¿sabés? Y a mí no me costaba imaginarme a estas tres generaciones con ojos iguales, así que estaba dispuesto a seguir escuchando. Él no conocía a la del medio, a la tercera la vio una vez en Buenos Aires cuando ella era muy chiquita y otra vez, no hace mucho, en algún balneario uruguayo –no me quiso decir cuál- y a la primera la conoció poco antes de que muriese, pero siempre la siguió escuchando. Me aseguró que yo era al primero y al único que le contaba esta historia cerrando la frase con un misterioso, por algo es, y vos sabés muy bien por qué. Claro que yo, aun hoy, no tengo ni idea de por qué. Dejó de ser uno sólo el que sabía de este parentesco y pasamos a ser dos. Y pasaron a ser todos los que lean esto o escuchen sobre esta escritura que pudo ser divulgada sólo cuando este amigo mío –sabía que te iba a encontrar a tiempo, amigo, me decía una y otra vez, a cada silencio más o menos prolongado- me lo permitiera con su muerte, te vas a dar cuenta, decía, y tosía como un desgraciado o como quien ya puede descuidar su salud, habiendo cumplido con su quehacer en esta tierra. Hace unos días un corazón que venia latiendo feliz por ciento ocho o ciento diez años, calculo yo, dijo basta. Yo lo sentí en el mío y me puse a escribir.



Hacía mucho que no me ponía a pensar en esto. En él y en ellas. Los misterios y maravillas de cada uno, sus muertes, sus vidas, los seis ojos, los últimos días de aquel amigo que me encontró a tiempo, según dijo. De la del medio nada sé, nada me contó el buen hombre. Aunque no la conoció sé que algo sabía pero, creo yo, no me quiso contar. Imaginé que no estaría de acuerdo con la vida que ella llevaba, que no era digno de opacar esta fascinante historia, aquellos ojos, con la historia de su vida, de la del medio, de la única de las tres que no vivió un cambio-de-siglo. Quizás el viejo esperaba que algún otro encuentro nos viera cruzando palabras y esperaba para entonces hablarme de la del medio. En fin. De la que sí me contó, y con mucho entusiasmo, fue de la primera. No podía creer que hoy en día alguien me hable de aquellos años, para mí sólo existentes en libros, archivos y relatos. Relatos como el que yo estaba escuchando pero con una generación en el medio, de nexo, claro.
Pero no. Estaba ahí, me lo contaba mirándome a los ojos, me lo acuerdo clarito. Más que nada a sus palabras rasposas, a veces indescifrables, y a su boca. Ya su boca. El viejo, mi amigo, entre palabra y palabra se acomodaba los pocos dientes que le quedaban moviendo la mandíbula de izquierda a derecha. Debes en cuando, cuando la pausa se hacía algo prolongada, sacaba la lengua cual serpiente para refrescarse los labios, luego se mordía el inferior y hacía como que mascaba vaya uno a saber qué. Tragaba saliva, sonreía moviendo la cabeza como afirmando algo –afirmando que efectivamente era yo, supongo- y me decía, sabía que te iba a encontrar, amigo. Tenía bigotes blancos, recién crecidos, como de dos o tres días sin afeitar. En los primeros minutos no escuche o no entendí lo que decía, sólo miraba su boca, me llamaba mucho la atención. Creo que se dio cuenta, dejo de hablar un momento hasta que lo miré a los ojos. Recién ahí siguió con lo que decía. Igual, no por mucho tiempo nuestros ojos se miraron entre sí, pues en mi esfuerzo por escucharlo, por entenderlo, no podía dejar de mirar su boca. Recuerdo que lo que primero le escuché fue -apenas lo miré a esos inolvidables ojos negros cubiertos casi en tu totalidad por párpados caídos, pesados los años, y arrugas que venían de alturas que lo superaban-, escucha bien, ¿querés?, te digo que te va interesar, pibe. Desde ese momento no hice más que escuchar sus ojos, ver su boca y sentir sus palabras.
Cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de Delmira, la primera, me decía. Habló un largo rato de su belleza y a mí me pareció que estaba describiendo a un alma sin cuerpo o a las noches más románticas de su vida o el colage impecable de lo mejor de cada mujer que haya visto en sus largos amaneceres o simplemente un pelo negro, largo, recogido, una nariz deliciosa con una pera en composé, formando curvas perfectas en su rostro, y unos ojos que lo abarcaban todo y que creí que me miraban, y me avergoncé. Pero más aún se detuvo en las palabras de la primera. Delmira, decía. Qué gratificados los oídos que la hemos escuchado, afirmaba, y a mi me parecía raro que él la recuerde con tan pocos años, y hace tantos. Lo cierto es que cuando comenzó a hablar de sus palabras, y de su voz, dejó de mirarme a los ojos, la vista se le fue por arriba de mi rostro, se perdió mucho más atrás de donde yo estaba. Miraba al cielo, creo. Vamos más lejos en la noche, vamos donde ni un eco repercuta en mí, como una flor nocturna allá en la sombra me abriré dulcemente para ti. Palabras más, palabras menos, y con la voz muy cambiada, eso fue lo que dijo. Muy lentamente y mientras uno de sus ojos soltaba una delgada gota que fue rodando hasta precipitar en el mentón. Cuando terminó, volví a ver sus ojos, encontré allí al cielo y me percaté que era de noche.
Se quedó un tiempo en esa posición como escuchando alguna respuesta venida de algún lugar. Luego bajó la mirada hasta el piso, tosió un par de veces, se pasó la mano por los ojos y bigotes y me miró. Sentí que no esperaba que espere más nada de él. Me había dejado sin palabras y no sabía como pedirle que me cuente más. Se dio vuelta y se empezó a alejar lentamente. Quedé paralizado unos segundos luego apuré el paso hasta alcanzarlo. ¿Y la tercera?, dije como para hacer notar mi interés. Él se dio cuenta de mi desesperación y me dijo, la ves más que yo, te falta conocerla, mirarla por dentro, asomarte a sus ojos.
Ahí sí que quedé inmóvil, sabía que no había más de que hablar pero vomité un cómo es tu nombre. Eros, susurró.
No volví a verlo. Sus palabras, mi recuerdo, más bien creo que su muerte, me hace pensar en la tercera. La veo en sueños pero cuando despierto no la puedo recordar. Cuando desde el insomnio escriba supongo que sabremos más de la que está siendo, supongo que me enamoraré.

domingo, 3 de enero de 2010

O céu de Camboriú (de aguas y colores)

Llueve mucho acá, en Brasil. Mucho, mucho llueve. Pero acá llueve tanto el cielo para que no se gaste de tanto ser mirado. Hoy, además de llover, también paró. Así que todos salimos fuera de los techos para poder mirarlo. Los pocos que no estaban bajo techo desaceleraron su andar y mucho tropezaron por mirarlo. Después de tantas gotas, el cielo se dejó ver. Ahí estaba y acá abajo se reflejaba en ojos y aguas. Si sólo para ese cielo el tiempo se hubiese detenido en ese momento yo envejecía viéndolo. Ya me dolía el cuello de mirarlo pero no quería bajar la cabeza hasta terminar de contar los colores que en él había. Maravillados en silencio lo veíamos todos: plantas, pájaros, personas, mar, viento. Todos en silencio escuchándolo callar.

Anocheció antes en el cielo que acá. Se me cayeron los párpados de tanto no pestañar para verlo. Una luz no me dejó seguir mi siesta tardía pero cuando desperté todo seguía en la misma calma. La luna brillaba como si todas las luces artificiales de todas las noches de todos los mundos estuviesen apagadas o apuntando hacia ella. No había estrellas fugaces, pues supongo que ninguna quería irse de este cielo y todas elegían quedarse congeladas allí arriba. Las pocas nubes que había pasaban por debajo o cerca de la luna, se las veía divertidas, jugando a ver quién llegaba última a ningún lugar. Ni con compás hubiera sido posible dibujarla tan redonda. La luna blanca con manchas grises, se colaba por entre las ramas y las hojas de la inmensa vegetación y llegaba hasta los rinconcitos más oscuros para dar una sombra iluminada por más luna. Todo lo abarcaba ella. Ese era su único apuro, el de alumbrar. El mío, en cambio, era por quedarme ahí, acá, y por escribir esto para recordar este cielo, ya no sólo cuando cierro los ojos, sino también cuando mis ojos, y los de quien los condimenten con mucha imaginación, pasen por estas palabras. Me apuré y ya llegué al final, pero ella sigue de prisa llegando sin parar.


Aquí el resto.

martes, 29 de diciembre de 2009

Desencuento

I

Llegué un rato antes y me puse a leer. Me pedí un café y lo tome rápido. Me dio mucho calor.

II

De vez en cuando levantaba la cabeza para ver quién andaba por la vereda y quién entraba. Me interrumpía la lectura el pensamiento sobre lo poco que sabía de la persona que esperaba. Nada, o casi nada. Digamos que algo, pero que ese algo bien podría ser falso. Hasta podría estar esperando a alguien que nunca existió, pero eso casi ni se me cruzaba por la cabeza o lo descartaba cada vez que insistía. Vale aclarar que no habíamos pactado, previamente, forma alguna de reconocimiento. Yo, con la certeza de que en cualquier momento llegaría, esperaba tranquilo, aunque sintiendo algo raro en la panza y en la cabeza, por novato en esto de citas a ciegas o por el miedo a enamorarme de esa forma. En realidad, creo que era por no saber si ella también pensaba en eso o sólo tenía su cabeza puesta en el tema que, por común, indirectamente nos unió (acepto y aviso que no sé bien qué quiere decir este verbo a la hora de hablar sobre relaciones humanas).

III

En la vereda de enfrente está por cruzar la calle una anciana. Mira hacia la ventana donde estaba yo y vuelve su mirada al piso como habiendo encontrado lo que buscaba. Pienso en que bien puede ser alguien como ella, aunque hasta ese momento sólo había pensado en alguien de una edad similar a la mía. Yesi no es nombre de una anciana. (¿Se llamará Yesi?). Y mis prejuicios son lo suficientemente determinantes como para confirmarme que la señora que estaba allí no se hubiera contactado conmigo de la forma que lo hicimos, a través de Cami (esto lo dudo) y movilizada por el particular tema por el que nos citamos. La señora no vuelve a levantar la cabeza, pasa de largo, sigue su paseo de tarde (¡acerté!) y yo mi paseo de pensamientos o de lecturas o de esperas que son más o menos lo mismo. El libro, para este entonces, puede que ya haya estado cerrado.
IV

La cantidad de cosas de esa otra persona que no sé me lleva, siempre, a volver sobre las que sé. Y son realmente muy pocas. Pienso en Cami. Cómo sería una amiga suya, qué aspecto puede tener alguien a la que le habló de mí y tiene, por un motivo inicial determinante del que sé que le habló (y supongo que con entusiasmo), ganas de conocerme en persona, de contarme sobre sus cosas y que le hable de las mías. De qué le habrá hablado, además que de aquello.

V

Camila es una gran persona. El poco tiempo que tuve para conocerla alcanzó para demostrarme lo enorme y bondadosa que es su alma, pero eso no me habla acerca de qué amigas tiene (ni siquiera sé si realmente es su amiga) ni de cómo son físicamente. Hablábamos mucho de ese tema, a ella le gustaba escucharme. Me hacía preguntas, se mostraba siempre interesada y hasta me demostraba que le hacía feliz que yo esté involucrado en esas cuestiones. De ahí que supongo el entusiasmo con que lo habrá hablado. Lo que no sé es si la habrá convencido, insistiendo en que, “conociéndote, lo tenés que conocer, se van a llevar muy bien” o sólo habrá contado, con ganas pero sin expectativas, de mí y estos temas que, al parecer, son comunes.

VI

Otra vez miro mi celular, la hora, “15:34”, su mensaje, “¿mañana podés? A las tres en el Pascual Contursi”, mi respuesta, “sí”.

VII

Por fin la vi. Llega tarde pero no tanto como para que ese sea un problema, es hermosa. Blanca, radiante, el pelo muy negro y corto. Alegre, decidida, va a manejar los tiempos de la conversación, del encuentro, de nuestras vidas (como vemos, desde el tiempo de inicio; de la conversación en un ratito, del encuentro desde ese momento y de nuestras vidas para siempre) ella, a su manera. Abre la puerta, mira para todos lados como buscando algo, más bien un aroma. Se me deben haber iluminado los ojos, sentí como que no había más ruidos que el de sus labios despegándose para sonreírme mientras me miraba y se avergonzaba. Ese instante tan inexplicable y extremo como la vida o la muerte. Son esos momentos en los que, por ausente, uno, tal como lo muestran algunas (¿malas?) películas en el difícil desafío de retratar al amor, hasta le firmaría el boletín a su hijo sin leerlo, tocándole la cabeza, sonriéndole con lo ojos fijos en otro lado. En ella. Ella que entraba como en cámara lenta hasta que soltó la puerta. Ya sin mirarme caminó velozmente por el pasillo que formaban las mesas y pasó a mi lado dejando un aroma agrio, que en cualquier otra circunstancia hubiera sido hermoso. Me doy vuelta y confirmo que su seguridad al entrar correspondía con una urgencia natural,
fisiológica, que nada tenía que ver con mi encuentro. El pronóstico meteorológico había fallado en su soleado discurso. En ese lugar, luego de avisar con relámpagos brillantes, lo que siguió al doloroso trueno fue que el sudor inundara mi remera. Miro por la ventana y el sol seguía evaporando el asfalto.

VIII

Volví a la lectura, intenté con éxito no pensar en el asunto, sabía que iba a venir pero no ganaba nada inquietándome, pensando en cuándo y quién. Ya no estaba ahí, la historia me había hecho suyo y navegaba por entre las hojas de aquella novela. De pronto una persona se me para al lado. Muy cerca, casi tocando mi codo con su pierna. Levanto la mirada, “una lámpara para leer. Es de bajo consumo, no se quema y la batería dura un año”, después de un prolongado aunque necesario silencio me niego pero agradezco. “Gracias a usted, feliz navidad”. Cerré el libro pero dejé una mano de señaladora y me puse a pensar, creo, en la cantidad de realidades que vivimos a cada instante y cómo vamos y volvemos constantemente hacia y de la ficción.

IX

De algún lado tuvo que haber sacado mi mail y “hola Joaquín soy Yesi, una amiga de Cami” (no recuerdo exactamente si su nombre es Yesi, en la agenda del celular la tengo como AmigadeCami). Existir
tiene que existir. Además, insistía con vernos para hablar de ese tema del cual Cami se conmovía escuchándome. La idea de que sea Cami haciéndose pasar por Yesi para ese entonces ya la había pensado y descartado. Entra un hombre alto, camisa blanca y pantalón negro, serio. Camina hasta mí, pone su portafolio en la mesa, lo abre y el reflejo de tanto brillo, de sus dientes blancos sonrientes y del oro y la plata que había en esos relojes y pulseras, me hace achinar los ojos. “No gracias”, “de nada amigo, felices fiestas”.
Convengamos que es raro. Una mezcla epocal. Los dos (supongo que los dos) jóvenes de principios de siglo veintiuno. Por un lado el tradicional café, el avejentado lector y en su cabeza las historias más cursis de amor típicas de siglos pasados. Por otro, las nuevas tecnologías, el encuentro arreglado por mail, el tema en común y los celulares callados esperando avisos o reclamos. No sé muy bien lo que estoy haciendo, nunca me imaginé en esta situación pero reconozco que ella y el interés sobre el tema compartido me intrigan sobremanera por desconocerla y por compartir eso que tanto parece interesarnos ambos.

X

Sigo leyendo aunque estoy más pendiente de la espera, del tiempo, de la gente, que del libro. Cada vez que termino de leer un párrafo es como si no lo hubiese leído. Así, tres o cuatro lecturas para cada párrafo, la lectura no tiene sentido pero es la única que le da pelea, en mi cabeza, a las ansias por verla aparecer de una vez por todas. De que deje de ser, en cada mujer que pasa, idealizada y se haga concreta, real. (Viva). Pasa el tiempo, pasa gente por la vereda, entra y sale gente durante un tiempo relativamente largo (para mi eterno). Tengo muchas ganas de hacer pis. Esa impaciencia hizo que cuando, sin levantar la cabeza, reconozca una silueta que entra, abre la puerta y se queda parada, yo me intranquilice más de lo que estaba. Las gotas de sudor ya eran inocultablemente incontrolables. (Disimulo, o eso creo, y veo que es mujer, que con la pera va apuntándonos a todos segura de estar buscando algo que ahí se hallaba pero inquieta por no saber qué es). Me negaba a pensar que era ella. Sabía que iba a venir, pero no era la que ahí estaba. De repente supo qué era lo que buscaba. Y lo encontró en mí, cuando me rendí, la miré y me sonrojé.

XI

Yo volví a mi seriedad inquieta y temerosa y ella vino hacia mí sonriente. Los pelos al viento, no me quitó ni un segundo los ojos de encima, hilando charlas imaginarias o cibernéticas, poniéndole rostro a las construcciones de mí en su cabeza, consolándose con un podría ser peor o confesando que está muy bien. Miro para todos lados, un poco a ella, un poco al piso, un poco a la gente que nos rodea, pensando en cómo demonios llamarla con tal de no errarle con el Yesi que sólo supongo. “Apenas te vi me di cuenta que eras vos, estaba esperando que me mires”, “¿qué tal? ¿Todo bien?”, “bien, perdón por la demora”. Yo sonrío y me vuelvo a sentar, mucho, muchísimo, más tranquilo.

XII

“¿No sabés dónde queda el baño?”. Mientras pienso en que no me digas que vos también entraste para ir al baño, me doy vuelta para señalárselo, lo mira y sin dudarlo se va apurada en silencio. Quiere decir dos posibles cosas que me alegran. O que
no le interesa o le interesa poco lo material (pues al irse dejó todas sus cosas en la silla que estaba al lado mío) y/o le importa algo o mucho, pero le transmití confianza. Volvió del baño mucho más linda, más serena. Yo también estaba cada vez mejor.
- Al fin nos conocemos.
- Al fin.
- No te imaginaba así.
- ¿Así cómo?
- No sé, te imaginé distinto.
¡Cómo me dio a pensar esa última afirmación! Mil cosas pasaron por mi cabeza. Creo que ella pensó que me había caído mal su comentario por mi prolongado silencio. Yo pensaba, me reía por dentro. De pronto (por suerte) se acercó el mozo.
- ¿Qué tomás?
- Un agua bien fría.
- Y para mí otro café, por favor.
Cuando el mozo trajo el pedido ya estaba otra vez solo en la mesa, ya habían pasado las risas vergonzosas, las disculpas sin sentido y Ana se estaba sentando en otra mesa con Bruno, que había llegado hacía un rato (qué cara de pobretipo, y otra vez mis prejuicios, pero qué le podía decir, qué podía pensar yo de él en las condiciones en las que me encontraba. En cualquier otro momento me le hubiese reído en la cara: una persona que esperando en su cita a ciegas, qué gracioso. Pero, claro, no era el momento y menos viendo sobre mi nariz como su cita se concretaba de buena manera y la mía no) y con sus ojos me decía seguí esperando.
“Igual dejame el agua, gracias”.

XIII

Sé que va a venir. Pero ya no quiero que me vea. Menos a los ojos de Ana, de Bruno, del mozo y el resto que por cobarde no miré pero que imagino cada vez más burlones, al tanto de mi situación. Desespero. Me paro rápido, pago en el mostrador, sin mirar a nadie a los ojos, “felicidades”.

martes, 14 de julio de 2009

Sobre un paso bien dado

Piensa en otra cosa, no por quitarle importancia, no le es indiferente, pero piensa en otra cosa. Mira el suelo, ya sabe donde va a pisar y aún no despegó su bota del piso. Sigue pensando en que llega tarde, en el frio, en por qué no hay pájaros cuando llueve o en lo mal que estamos todos caminando solos, apurados y cabizbajos. Mientras, sus ojos lo advierten de lo sucia que está la vereda y le hacen no despegar la vista del piso con tal de que no pise caca, basura o alguna baldosa floja. Uno no sabe con que se va a encontrar a cada paso, pero piensa en otra cosa.
Desafía a la gravedad. Comienza a infringir la ley, sus músculos se contraen, hacen fuerza, se levanta el pie y con éste la media. Los huesos en movimiento. Las articulaciones aceitadas, la rodilla comienza, lentamente, a adelantarse al mismo tiempo que se achica la distancia entre el talón y el glúteo izquierdo.
Hace fuerza el pie y levanta a la bota, que, poco a poco, se termina de despegar del piso. Primero la parte de atrás, luego la bota se va despegando cual calcomanía hasta que, con la punta, despide al piso que la ve alejarse no por mucho tiempo. Las ranuras de la suela y de baldosas aportaron oxigeno a la pisada, dejaron correr agua entre una y el otro, quizás salvaron alguna vida o rompieron alguna rama.
La bota se aleja del piso. La rodilla, que iba primera, es pasada por la bota que se adelanta a gran velocidad, mientras que, allá arriba, la mano pasa rápido en dirección contraria. Antes de que la pierna logre estirarse del todo, el pie (y con él la bota y la media) comienzan a descender. La bota aún no toca el piso y ya se tiene en cuenta el paso siguiente, pero piensa en otra cosa.
No se da cuenta de que está caminando, casi no lo percibe, piensa en otra cosa. Y quiere volar.


Por Mano

sábado, 27 de junio de 2009

Esa mañana en el barrio

A mi vecina Teresa y,
con ella, a todos los que alguna
vez pasaron por Catalinas.

Un nuevo día en Catalinas y el verde, hoy también, predomina en el barrio. Los árboles, el pasto, las plantas, brillan más con el sol radiante de sábado por la mañana. Salen algunos, vuelven otros.
Yo volvía de una noche que por tan larga se hizo día y ella se estaba yendo. Nos quedamos hablando -de temas de ascensor- en el pasillo. Después de un tiempo de conversar y de escuchar quejas de vecinos, decidimos cerrar la puerta de ascensor y hablar más tranquilos. Nos paramos al lado del ventanal del pasillo y Teresa me empezó a decir los nombres de los árboles del jardín: tilos, ceibos, jacarandaes, palos borrachos. Siempre encontraba tema de qué hablar y ese día me encontró con ganas de escuchar. Me describía las características de cada árbol, que desde un quinto piso se distinguen bien. Se quedó con ganas de describirme alguno más, me agarró de la mano y me llevó lento pero con ganas hacia el otro extremo del pasillo. Me mostró varios más, que desde la otra ventana no podíamos ver. “¿Ves ese? Es el más alto del barrio, llega hasta el décimo”. Yo casi no hablo. Ella habla mucho, repite las cosas varias veces. Luego, se queda en silencio un tiempo, como hablando por los ojos, mirándome fijo, esperando algo qué no supe darle o contestarle. “Vamos a tomar unos mates a casa”, me dice.
Vive en el departamento tres. Abre la puerta, cuelga la boina y apoya el bastón. “Esperame acá, pibe”. La veo irse para adentro, poner la pava en el fuego. Me quedo mirando su oscuro departamento. Las persianas están semiabiertas y rotas, por eso algo se ve. Las paredes llenas de cuadros –no reconocía ninguno-, en el piso esculturas, un plástico blanco desplegado, manchado con distintos colores, y más cuadros apilados en un rincón. Hay una calavera. Un placar, una mesa y tres sillas haciendo juego. Dos floreros sin flores pero con agua sucia, uno sobre la mesa y el otro sobre el placar, entre la calavera y un jarrón de cerámica blanco. Al lado del perchero dos retratos muy viejos, en blanco y negro -“de la década del veinte”, pienso yo-, entre marcos dorados. Uno, con unas diez personas posando, y el otro, una mujer y un muchacho, ambos jóvenes y prolijos. Luego me contaría que esa era su familia –con tíos, primos y abuelos-, y la pareja del orto retrato sus padres. El papá fue un genovés llegado en 1906, instalado en La Boca. Trabajó desde entonces y hasta su muerte en una pulpería –a metros de Necochea y Suárez- que después de mucho esfuerzo compraría. En el barrio conoce a la que luego sería su mujer y madre de Teresa. Viven los tres en un conventillo de la calle Olavarría hasta que muere él y la mamá de Teresa decide vender la pulpería. Luego de varios años de “malaria, sufrimiento y mucho trabajo” se ven beneficiadas, su mamá y ella, por un “plan habitacional que brindó el gobierno” y se mudan, en 1964, a un departamento de los nuevos edificios construidos en La Boca. Al poco tiempo de nacido el barrio Alfredo Palacios muere la madre de Teresa. “Porque en realidad se llama ‘Alfredo Palacios’ el barrio, en honor al gran diputado Socialista, no ‘Bajada de las Catalinas’ o ‘Punta de Santa Catalina’, como se lo llamaba antes, ni ‘Catalinas Sur’, como todos lo conocen ahora”.
Escucho una música, se asoma Teresa: “che, ¿te gusta el tango?”. Antes de que le pueda llegar a contestar vuelve a desaparecer, ahora con la música de fondo que se oía muy mal, entrecortada. Me rio y ya me siento cómodo. Empiezo a dar vueltas por el comedor.
-¿Te gusta ese, pibe? No sabés el trabajo que me costó hacerlo. Son unos chiquilines hamacándose ahí, en la Plaza Malvinas.
-Si, claro. Muy lindo señora.
-Decime Teresa, che. Somos vecinos, nos conocemos hace rato. ¿Vos hace mucho que vivís acá?
-De toda la vida.
-Ah, no hace tanto. Yo también. Mirá, una vez le escuché decir a Cortázar que las ciudades son como las mujeres, te enamoras para toda la vida. Lo mismo pienso yo, pero de los barrios, claro, en masculino. Nací acá y nunca me pude ir. Me alejé involuntariamente algunas veces, pero siempre estuve acá, siempre se vuelve al primer amor.
-Si, la verdad que es un barrio maravilloso. ¿Usted es artista Teresa? ¿Los cuadros son suyos?
Teresa se da vuelta y se va para adentro de nuevo. Aparece con la pava en la mano. “¿No querés ir a tomar mate a la plaza? Está hermoso el día”. Tímidamente digo que si y empiezo a deshacerme de la idea de volver a casa a dormir un rato, antes de almorzar.
El sábado, en Catalinas, es un día especial. Los gritos de los chicos en esta mañana no son camino al colegio. Tampoco se mezclan con los ruidos de mochilas/carrito arrastrándose por las baldosas relativamente nuevas, de la última campaña electoral, y ya muchas rotas y salpicantes en días de lluvia. Hoy hay campeonato en la canchita. Dos o tres chicos, con remeras mitad verde mitad negra, todas iguales pero con distinto número en la espalda, se juntan y van corriendo de un edificio a otro buscando compañeros, “si no llegamos a siete no nos podemos presentar”. Las chicas, más organizadas, se encuentran directamente en la canchita para disputar el torneo de hándbol.
Con mucho abrigo en esta mañana de invierno, los señores y las señoras del barrio salen de sus casas a hacer las compras. Esta vez en dirección contraria, los locales de Necocha -menos la panadería y el kiosco de diarios- no son tan concurridos: hoy hay feria en la Plaza Malvinas. La esquina de Caboto y Arzobispo Espinosa es copada por los carritos. Pescado, verdura, fruta, carne, ropa, artículos de limpieza. Se mezclan las compras, los chismes, los juegos y el parque. Y la Plaza con mástil pero sin bandera, con chicos y viejos paseándola, con bancos y caminos, con verdes pastos y rojos baldosas, con anfiteatro y frigorífico, con paz y autopista, es el fiel reflejo del barrio.
Con el termo y el mate en un brazo y la mano de Teresa reposada en el otro, caminamos, interrumpidos por los saludos de algunos, hacia la Plaza Malvinas. Teresa camina muy lento y me lleva por el camino más largo -pienso en las distintas maneras que hay de concebir el tiempo-, el que jamás yo tomaría para ir desde casa a la plaza. Mientras caminamos no hablamos, yo sin nada que decir y ella con frio, con cansancio o con ganas de hacerme prestar atención al barrio que tanto ando pero que poco veo. Cuando me percato de que despacio anda por la última de estas razones y ella se da cuenta de eso porque yo empiezo a mirar para todos lados, frena, se para en el lugar apretándome el brazo y respira hondo, con los ojos cerrados y la sonrisa extendida. Yo me siento como mirando el barrio desde el cielo. Oigo que Teresa me susurra algo, “fijate que perfección arquitectónica, el barrio nació de un concurso nacional de arquitectura para la vivienda social, en el cual participaron los mejores estudios de arquitectura de la Argentina de los años sesenta”. Entre edificios y canteros hay laberintos caminos –todo el que viene por primera vez se pierde-, calles sin autos. No se transita por la derecha obligatoriamente, no hay semáforos ni lomas de burro. El barrio por dentro es, en su totalidad, una senda peatonal. Pero hay que preocuparse -“maravillarse”, me corrige Teresa- por otras cosas. Bicicletas que van y vienen. Partidos frente a la escuela, en el paredón, y al lado de la iglesia. Escondidas multitudinarias. Orientales con carritos de supermercado. Viejos a paso lento. Jóvenes apurados. Perros y dueños -y en el medio correas-. Los desechos de ambos. Sus aromas y otros a comidas de delíveris o de ventanas de planta baja o primeros pisos. Boys and girls scouts y otros y otras de civil. El sonido de campanas, bocinas de tren o barcos y de pájaros o perros.
El Casino flotante, a tanto y tan poco, que ancló frente al barrio para conocerlo y se quedó por enamorado, se asoma por sobre la autopista Buenos Aires-La Plata y nos ve sentarnos en uno de los bancos de la plaza. Teresa me empezó a hablar sobre los artistas que vivieron en el barrio, sobre las discusiones sobre si Catalinas es un barrio o es un microbarrio dentro de La Boca, sobre los comercios más conocidos de Catalinas y sus historias. Charly, el Super Tang -antes de que lo fuera-, el Comunitario, Montesino, La Perlita, Pizza Nonna, el frigorífico Pampa, etcétera. Es impresionante lo que sabe Teresa sobre el barrio. Pero de lo que más sabe, además de pintura, claro, es de arquitectura. Ya de grande, hace unos años, pudo hacer la carrera en la Universidad de Buenos Aires y, aunque nunca la ejerció como profesión, se interesa mucho en investigar sobre las particularidades arquitectónicas. Si me preguntaran a mí sobre qué sería lo más revelador en cuanto al diseño y la arquitectura del barrio, yo diría que las calles peatonales y los edificios de colores son lo más característico de Catalinas Sur. Y explicaría que hay edificios que están solos, los de once pisos y que, otros, los de diez, se agrupan de a cuatro, dejando entre ellos el espacio justo para jardines rodeados de caminitos. Que son todos de distintos colores, con bandas de colores entre piso y piso, tienen persianas de color madera o blancas. Están subdivididos, cada uno, en dos cuerpos, en el medio ventanales y escaleras suben y bajan acompañando a dos ascensores. Hay varias plazas, además de la Plaza Malvinas, pero ninguna como ésta. En toda una manzana hay edificios de la prefectura, son torres también, pero de distinto diseño. Por las calles, entre los edificios, hay “casitas”: menos de una decena de dúplex en horizontal, una al lado de la otra, con patio y jardín. Teresa se ríe. Se asegura de que yo haya terminado y, en silencio, sigue sonriendo mientras se muerde el labio inferior y mira para todos lados. Ella me explica que la Escuela Carlos Della Penna y la Iglesia Nuestra Señora Madre de los Emigrantes fueron separadas del plano inicial del barrio y se licitaron como obras aparte. Que el ganador de este concurso privado fue el arquitecto Juan Manuel Borthagaray, quien creó estos modernos edificios. Que ésta Plaza Malvinas pasó por las mesas de diseño más importantes de aquel momento, que sus taludes no sólo resguardan a los más chicos de las calles que la rodean sino que también filtran el sonido de los coches que por ellas transitan. Luego hace una pausa y se levanta. Hace frío, ya es tiempo de volver.
Así fue, volvimos a casa con el mismo apuro pausado con el que fuimos a la plaza. Llegamos hasta el quinto en el ascensor. Yo la despedí diciendo no sé qué cosa y ella me miró a los ojos sonriéndome –como siempre-, con una mano reposada en mi mejilla, “esperame acá un segundo”. Fue a su casa y volvió con un cuadro en la mano. Hoy tengo en la pared un cuadro firmado por su autora, la enorme Teresa Pinto. Mañana, domingo. Seguro hay pastas -del Tío Ravioli, por supuesto- al mediodía y función del Grupo de Teatro en el anfiteatro de la plaza a la noche, con choriceada, claro.

martes, 23 de junio de 2009

A causa de una muerte

Todo tenía un sentido fundador. Mi padre tenía un sólo traje y dos corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un pedazo de queso como postre. Cuando cumplió cuarenta años se encontró con la muerte. Quién se hubiera imaginado que esa muerte y mi añoranza del padre que no tuve hayan sido por un poco de queso o por una muerte. Pero así fue, por lo menos para mí. Nunca se supo muy bien lo que ocurrió aquella noche. De todo lo que se investigó y se dijo, lo que yo creo que pasó es que mi padre, una vez más, se dejó llevar por esa extraña y extrema tentación. Estuvo caminando largo rato de vuelta a su casa, en uno de esos días de los cansadores. Al pasar por el bar de la esquina, con esas mesas tan seductoras en la vereda, alguna picada le llamó la atención. Se acercó cordialmente, “señor, ¿le molesta si me como un pedazo de queso? Entiéndame, es mi debilidad. Vengo de trabajar todo el día, tengo que mantener a mi familia, no puedo comprarlo”. Luego de unos eternos segundos en silencio, el señor de la mesa le dijo: “si no puede pagarlo váyase, linyera inmundo”. Mi padre soportaba muchas cosas, había padecido varias injusticias, era una solitaria buena persona, pero había dos cosas que lo transformaban completamente. El queso, tema que lo llevo a separarse de mi madre, aunque, convengamos, nunca estuvieron del todo juntos, unidos (cosas de adultos). Y que hablen mal de su aspecto. Siempre estaba peinado, con la ropa lo más limpia posible, con los zapatos lustrados y la barba recortada. Ahora que lo pienso, no creo haberlo visto despeinado en mi vida, aunque lo haya visto muy poco. “Vagabundo asqueroso” o “linyera inmundo”, que más da. Mi padre se aguantó en silencio semejante insulto. Eso si, manoteó un pedazo de queso y entró a caminar ligero. A los pocos pasos y sin palabras previas, el otro señor le disparó un tiro en la espalda. No habrá podido tener tiempo para poner las manos al caer, de ahí su rostro todo raspado, pero si para, una vez en el suelo, sacar su revólver y acertarle en la cabeza con el disparo. Cuando llegó la ambulancia no había nadie al lado de mi padre, como ya hace mucho tiempo. No estaba ni el otro cuerpo, que ya había sido trasladado muerto al hospital en algún auto de algún amigo. Los médicos lo encontraron en el suelo, con la mano cerrada, apretando con fuerza el pedazo de queso.
La muerte no llega por nada, hay algo, quizás muchas cosas, que la causan. Mi padre creía que esa ley con él no se cumpliría, se decía inmune a todo. Eso era de lo poco que mi madre nos contaba de él. Nunca estuvo en cama mi padre. Las veces que estuvo en un hospital fueron por su propia voluntad, contando las que iba de visitas y las de revisiones anuales que confirmaban su teoría. Ésta era la primera vez. Claro, ya inconsciente lo subieron a la ambulancia, no tenía mucha opción. En el hospital estuvo un tiempo consciente y, como pocas veces en su vida, con gente alrededor. Quizás en su nacimiento o en mis primeros dos años de vida, hasta que nació mi hermana, tuvo gente que lo quisiera en su proximidad. Nosotros, con mi hermana, lo quisimos pero vivimos influenciados por mi madre que, después de aquel episodio del queso hace ya trece años, no volvió a ver a mi padre y se ocupó de hablar mal de él cada vez que pudo.
“Hijo, no es por el disparo que agonizo. La herida no me duele ni un poco, no la siento. El corazón me está funcionando distinto, no creo que ande mal de salud, debe estar triste porque estoy por morir. No sé porque muero, creía que no iba a haber una causa para mi muerte. Estaba seguro de que no habría una causa, me lo leyó en la borra del café. Pero ahora creo que es por aquella vida que maté. Por las dudas, no lo traten de averiguar”. Ese fue el único secreto que mi padre me contó al oído. Esas fueron sus últimas palabras. Nadie lo entendió ni en su último deseo. Los que a la ciencia adoran aseguraban que los resultados medicinales habían diagnosticado muerte. Los religiosos decían que Dios necesitaba ángeles en el cielo. Mi hermana me lloraba el hombro mientras que, hablando entrecortado, le echaba la culpa a nuestra madre por no haber venido a verlo ni siquiera en sus últimas horas en el hospital. A mi madre, claro, le parece que la causa fue aquel pedazo de queso.
Muy solo murió mi padre, sólo tenía un traje y dos corbatas. Sólo cuarenta años, solo. Todos dirán que por esta bala moriré. Yo tampoco creo que haya una causa, pero, si la hay, es por la muerte de mi padre o por aquel otro pedazo de queso, que es lo mismo. Recién ahora, y aunque siga influenciado por mi madre, aunque nunca me haya dejado probar queso alguno, me doy cuenta qué tan parecido que soy con mi padre. Por una muerte él murió, por su muerte yo muero.


Por Mano

jueves, 11 de junio de 2009

Flor elegida

Iba caminando hacia la escuela. Hacía mucho frío porque el sol aún no había salido. Era el peor momento para caminar tanto, aunque seguro había sido una de esas noches fantásticas, llenas de estrellas; aunque prometía ser un día de los tantos en los que el sol, desde que asoma hasta que se esconde, brilla fuerte y calienta todo lo que la sombra no se adueña. Pero ese momento del medio, entre una cosa y la otra, era muy doloroso. Corren los últimos días de abril. El frío, el viento, los ruidos y ella caminando cabizbaja hasta el pueblo, hasta la escuela, cantando una canción para adentro, una que le enseño su abuela, una que le abriga el corazón.
Por fin llega y ocupa el lugar que quedó vacío. No mira a nadie, no habla con nadie. Y eso que su gente la llama, medio en broma, medio en serio, “wamla mana upaallay-chu” (niña que no calla). Pero en la escuela pega un labio con el otro, clava la mirada en el cuaderno y dibuja coloridas flores. De campanazo a campanazo con los lápices arrastrándose por las hojas. Todo tipo de flores y de colores. Se inspira con los colores de las montañas y las flores las copia de jardines que nadie conoce, con flores que nunca nadie vio. En la escuela no le prestan atención a esas obras de arte. Cuando en su casa le preguntan dice que son flores que estaban hace muchos años atrás, que se fueron muriendo o escapando a algún lugar. La abuela, con más arrugas que años, sonríe. Ella cuenta la historia de alguna flor, termina y canta alguna canción mientras corre y baila. Una vez que empieza se hace difícil que termine.
Todo lo contrario en el aula. Casi ni gesticula, apenas pestañea. Sólo levanta la cabeza cuando, una vez al día, escucha “Alicia”, la maestra asiste con la mirada y mueve rápidamente su lápiz: presente. Para los demás está sólo cuando la rutinaria tomada de lista llega al último nombre. Pudo conservar su apellido en la escuela: Wakaslla, aunque no su nombre original, Akllasisa, ya que la directora lo cambió “para que la niña se pueda insertar más fácilmente” por uno que, en español, suena parecido. Ahora nadie, sólo la maestra alguna que otra vez, le dice Alicia.
Nadie la mira. Alguno que otro la empuja o la pisa cuando pasa corriendo. Ella no dice nada, ni cuando, muy de vez en cuando, la maestra le pregunta algo. Lo preocupante no es sólo que nadie la haya escuchado hablar sino que por eso piensen que es muda. Esto fue lo que motivó a la maestra, preocupada, en su rol de segunda mamá, a hablar con la directora. Llamaron a la madre para explicar esta situación: “mi hija sólo habla quechua, nuestra lengua materna”.

Incomunica a dos

No fue de un día para otro. Tampoco estaba convencido, pero quería que el resto de su vida no sea como este triste presente. Aunque con mucho miedo, buscaba un cambio, algún camino que lo condujese no importa donde, pero lejos de las situaciones que vivía diariamente. De esa rutina que se alimentaba de la cada vez mayor indiferencia. Pero los cambios, a medida que iba viviendo y conviviendo, se hacían más y más difíciles. Cada vez más decisiones, más responsabilidades, más compromisos, lo hacían entrar en una vida que, cuanto más cuenta se daba que no era la suya, más le costaba escaparle.
Claro, hace tiempo que estaban mal, muy mal, y cada vez peor. Cada uno creía que el otro no se daba cuenta de lo desgastada que estaba la relación y seguían. Algo seguían. Para no herirse seguían, seguían hiriéndose. Eran siete años de levantaste por la mañana y tener al otro al lado, cada vez más lejos. No era una decisión fácil para ninguno de los dos. Ella ya se había acostumbrado, lo naturalizó mucho más que él, que lo padecía todos los días y trataba de no hablarle, de no verla, con tal de no sufrir y así sufría más. A eso también ella se acostumbro y así seguían. Indiferentemente unidos.
Así cotidianamente. No se celaban, se puede decir que a ninguno le interesaba lo que hacía o dejaba de hacer el otro. Se querían, sí, claro, sino no hubiesen seguido. ¿Seguían? Pero uno por buscar en una salida (o entrada infinita) cobarde y la otra por naturalizar un problema no viéndolo como tal, seguían así, queriéndose y lastimándose. No queriendo estar y siguiendo, siempre siguiendo. Siguiendo sin querer estar. Estando juntos pero sintiendo que el otro no estaba.
Hola. Chau. Algún que otro ¿cómo estás? de compromiso. No más que un ¿querés un café? Hasta había veces que a alguno se le escapaba un ¡qué lindo/a estás! medio timidón, y el otro devolvía una mirada como sabiendo que lo decía sin mirar, sin importarle. Se querían, hasta se lo decían, pero ya eran palabras sin-sentido.
Hubo un tiempo en que verse con sus amigo era un gran problema para los dos. Claro, compartían amigos. Todos los notaban raros y ellos hacían lo imposible por simular estar bien. Esos malos momentos se curaron con el tiempo, luego los dos tuvieron sus propios amigos a los que veían sin el otro al lado y vaya uno a saber de lo que hablaban en esas reuniones, de lo que contaban el uno del otro. Ellos no lo saben, lo creen saber, lo sospechan, lo piensan, lo intuyen, pero no lo saben. Quizás por eso siguen. No saben que piensa el otro.
Los dos tenían miedo. Tenían miedos. Él sabía que el miedo es un sentimiento que nos brota cuando no sabemos qué es lo que va a pasar, pero nos imaginamos las posibles resoluciones. Cuando pensamos que, entre algunas de las cosas que pueden suceder, está la que no nos gustaría que pase. Pero es fundamental el hecho de que por nuestra cabeza se pase aquello de que pueda pasar eso que no nos gustaría que pase para tener miedo, sino no tenemos miedo. Es futuro el miedo, un futuro en el presente, se sufre en el presente. También es necesario, positivo. Sin miedo haríamos cosas como cruzar las calles sin mirar o meternos a nadar con tiburones. Pero no es este tipo de miedos el que él sentía a la hora de enfrentar su problema. Su miedo era hacerla sufrir. Miedo a la soledad, quizás. Miedo a lo desconocido, al cambio. Eso y la reacción de ella ante este cambio.
Un día, sin planearlo, se vieron sentados uno enfrente del otro. Él sabía que era el momento de plantear el problema. Por eso estaba nervioso. Miraba para todos lados, tosía, se rascaba la cabeza. Con la frente mojada pensaba en qué difícil que era ponerse a hablar con la mujer que convivía hace más de siete años. No sabía qué decirle ni cómo hablar. Pero, después de haberlo reflexionado tanto, estaba decidido. Había que terminar con esta falsa relación. Aunque para eso debía hacer algo que
nunca había hecho. Tenía que hablar con ella. Sin hablar podían seguir la convivencia, pero no terminarla. Pensó “a veces hay que hacer cosas que no se quieren para conseguir algo que se desea con más fuerzas”. Otra vez el miedo. Quizás a no saber como iba a reaccionar ella, quizás a no saber si iba a poder explicar su situación. Ya basta. Después de varios minutos en esa tensión, juntó coraje. Pero cuando, en un gesto, despegó los labios, abrió levemente la boca, levantó la mirada y las cejas, ella interrumpió. “Mi amor, yo también quiero que sigamos juntos”.

Por Mano

Juego de mesa

Sentí que alguien me agarró fuerte del brazo. Me entró violentamente a un lugar raro. Era un cuarto con muy poca luz, una sola ventana chiquita dejaba entrar la poca luz que la luna brindaba. Eran confusos los rasgos de su cara. Nunca antes había visto ese rostro. Me sentó bruscamente, me miró a los ojos un buen rato. Me hizo algunas preguntas que no recuerdo y luego comenzó a enseñarme un juego.
En una pequeña mesa de madera había un tablero de cartón sin muchos colores y varias fichas del mismo tamaño pero diferente color desparramadas por encima. El juego era algo tradicional, estricto (creo que obligatorio, “todo niño que pase por aquí deberá jugar”) y alentaba mucho a la competencia. Una serie de participantes, no importa su origen ni características personales (las reglas son las mismas para todos), comenzaban en el casillero cero. A medida que se iban contestando preguntas correctamente se iba avanzando. Por contestar mal, hacer trampa o desobedecer las reglas del juego había distintos castigos. La metodología del juego era incuestionable. Uno pregunta y los demás, según el turno, responden. Las afirmaciones no se someten a discusión: sí son correctas el jugador avanza, sí son incorrectas se le designa la pena correspondiente. Esa es la única expresión e intervención posible de los jugadores y, entre ellos, no hay más relación que la que la competencia promueve al beneficiar sólo al que llega primero. Para esto sólo es posible un camino ya dibujado, quien mejor se adapte podrá recorrerlo con más velocidad. No es problema del juego el que no se adapten algunos jugadores, estos últimos serán expulsados y el juego continuará para los que sí supieron adaptarse.
Me levanté transpirando, con más nervios que con los que me había dormido, para ir a mi primer día de clases.


Por Mano

lunes, 8 de junio de 2009

Indicios


Un hombre mira por la ventana de su departamento y ve que, por más que haya un sol radiante, todo el mundo anda con campera. Se abriga y sale de su casa.
Va por primera vez a comprar la fruta y la verdura a la feria de la esquina de su casa. Hasta hoy, siempre había comprado en la verdulería que queda tres cuadras más allá, sólo porque se lleva bien con el verdulero, por costumbre, por miedo al cambio. Pero el fin de semana fue a cenar a la casa de un amigo porque era el cumpleaños de la novia. Allí comió una exquisita parrillada de verduras, y el amigo le contó que las verduras que él comía eran de aquella feria de la esquina.
Caminando por la vereda se encuentra con un cartel que dice “cemento fresco”, camina unos metros por la calle y vuelve a subir a la vereda. Frena en la esquina. Mira que el semáforo se pone en verde para los que van a cruzar, vuelve su vista al suelo y cruza.
Al llegar a la feria, desorientado, se encuentra con que hay muchos puestos que venden verduras. Frena y observa cada uno de los puestos. Decide optar por aquel que tenia más gente esperando por comprar. Piensa, “si hay mucha gente debe ser el mejor” y se pone en la cola. Cuando estaba llegando percibió que el que está ahora delante suyo en la fila había agarrado un número antes de ubicarse de tras del resto, y lo copió. Ya en la cola está inseguro, pues no sabe si aquel puesto es donde compra su amigo. Había sacado el número 47, pregunta a una señora por qué número iban. La señora tarda en contestar, ya que le ve cara de “sospechoso”, teme que le robe, pero le contesta “por el 28”. Agradece y por dentro estima unos 35 minutos de espera.
Mientras esperaba su turno pensaba en lo bien que le iba a la feria, todo el tiempo había gente entrando y saliendo. De repente interrumpe su pensamiento la novia de su amigo, a la que no había visto, pero que había terminado de comprar en aquel puesto. Intercambian saludos y alguna que otra palabra sobre lo bien que la habían pasado en el cumpleaños. Se despiden y ella se va. Él, viéndola alejarse, se queda pensando en que efectivamente este era el puesto en el que compraba su amigo y en que a la novia le había gustado el reloj que le había regalado para su cumpleaños.


Por Mano

martes, 23 de septiembre de 2008

Propiedad privada

A Ramón

Llegué a aquel paraíso terrenal del que me habían contado y que yo, en algún lado, creía haber visto. Lo miré y confirmé que lo había soñado. Lo sentí como nunca antes había sentido algo. Sol radiante de día. Iluminado de estrellas y lunas de noche. Un clima ideal para lo que fuera que hicieses allí. Tuve miedo al principio aunque de a poco se fue diluyendo. Miedo a la perfección pienso yo. Miedo. Mucho miedo.
Me enteré que aquella tierra tenía dueño. No hace mucho que la propiedad privada había llegado al lugar. Otra vez mi libre corazón sometido a dependencias. Ya no podría pasar por más que la tierra con sus ojos hermosos me invitaba a sentarme y estar allí con ella. Me quedé solo en el vacío.

Por Mano

martes, 16 de septiembre de 2008

¿Qué es la esperanza?

-“Tarea para mañana: ¿Qué es y para que sirve la esperanza?”-gritó la maestra en el último segundo de clases tratando de superar el ruido del timbre y de pupitres arrastrándose.
Francisco, que estaba cumpliendo los siete abriles, creyó no haber entendido la consigna pero en el momento le preocupaba más la festividad de su cumpleaños. A la salida del colegio hubo pelotero. Emoción a pies descalzos. Envidia de los grandes. Y las observaciones del abuelo:
-“El pelotero es una maqueta del mundo. Todos encerrados. Mil historias. Alegrías y llantos. Guerras y juegos. Muchísimos caminos distintos para terminar siempre en pelotas”

-“Claro Atilio, como el mundo, como el mundo”-dijo la mamá de Francisco pensando en que era la ultima vez que invitaban al abuelo. Pobre, no entendía la lucidez del viejo. Atilio no le dio bolilla y siguió maravillado viendo a los nenes en el pelotero.
A media tarde todo tipo jolgorio había concluido. Este se volvía un día como cualquier otro. Hasta que Francisco se puso a pensar en aquella tarea. Hubo una secuencia que se repitió varias veces: Francisco frente al cuaderno, la hoja en blanco y él estallaba en carcajadas. Se serenaba, pensaba en la pregunta y se reía. Se daba por vencido. Volvía a pensar y volvía a sonreír.
Al día siguiente, camino al colegio, temió por el deber no cumplido y se rió hasta que los cachetes le empezaron a doler. Al llegar al aula se sentó en su banco y no dejó de mirar su hoja en blanco ni un segundo. Pasaba el tiempo y pasaban sus compañeros al pizarrón a mostrar a todos su tarea mientras eran juzgados por la maestra.
Cuando llego el turno de Francisco, tímidamente se acercó al pizarrón. Caminando con la pera en el cuello, un silencio tétrico lo vio pararse al lado de la maestra. Mostrando el cuaderno vacío dijo muy suavemente: “Cada vez que me sentaba a hacer la tarea no se me ocurría nada y me largaba a reír”. El aula se convirtió en un coro de risas. Un ir y venir de gritos y papeles hasta que la maestra obligó el silencio. Ese momento fue mágico. Los ojos de Francisco se abrieron asombrosamente y brillaron más que nunca. La sonrisa había vuelto, pero esta vez decía mucho más. Francisco interrumpió a la maestra y dijo:
-“Claro, la esperaza es las sonrisas de los demás en los ojos de cada uno. Y para eso sirve, sirve para sonreír. Por eso cuando vemos a alguien reír nos brota una sonrisa”.

La maestra se sentó. Ese día la clase la dio Francisco.

Por Mano

miércoles, 6 de agosto de 2008

Leyenda de la rutina

a A. S.

Existe una leyenda rioplatense que dice que la rutina cambia cotidianamente. Se altera ella sin avisar, por lo que no existe rutina alguna, sino ojos deprimidos que ven pasar la vida con pocos colores. O no, simplemente ojos temporalmente angustiados, con parpados demasiado pesados o pestañas mojadas (por lágrimas o lluvias) en punta hacia abajo formando cortinas que no dejan ver. Cuenta la leyenda que cuando el corazón contento y el alma radiante no hay rutina, hay vida y ojos bien abiertos y sonrientes. Y así solo basta caminar mostrando los dientes para darnos cuenta de que hay vida, de lo maravilloso que es reencontrarse, del privilegio que tienen algunos de comer todos los días (aunque sea, otra vez sopa). Un día, todos los días, mirar sonriendo a los de siempre y a los de nunca. Sentarse cada día en un lugar distinto de la misma mesa, tan solo caminar viendo esas imágenes casi vírgenes de miradas, hacer lo de siempre como nunca.
Como toda leyenda, esta se fue transmitiendo de boca en boca. Una vez andando triste por unas calles de tierra tuve la suerte de encontrarme a un viejito con muchas arrugas en la cara y bastantes cicatrices en el corazón. El viejito estaba siempre sentado en algún pueblo de aquí o de allá y mirándome fijo a los ojos me invitó a aprender de aquel soldado que no fue más, que un día soleado como este, como todos, se froto una y otra vez los ojos con las manos como queriendo ver algo nuevo y lo logró. Empezó a caminar y se dio cuenta que ya no marchaba. Nunca más rompió filas, porque sin filas anduvo. Nunca más necesitó escuchar a alguien que le permita el descanso, porque no hubo cansancio que lo encuentre. Nunca más tuvo superiores ni inferiores. Sus ojos, que habían sido analfabetos de colores, miraron e hicieron miles y miles de colores. Se dedicó a robar flores, y llenó los floreros de armas. Desde ese día, el día en que se dio cuenta que dos días nunca podían ser iguales, hizo siempre lo mismo y nunca repitió algo.
Cuenta aquel viejito que nunca murió este ex soldado y que siempre vivió, que no es lo mismo. Cuenta que cada día al despertarse nace, y que se enamora cada vez que ve a una chica con ojos vivos y sonrientes.


Por Mano

martes, 15 de julio de 2008

Sueño


Un cuerpo estaba recostado sobre la cama y soñaba. Ayer se acostaba pensándola y hoy se levanta con el sueño entre los ojos, se pasa el día pensando e imaginando. Anoche soñó con un alma, soñó que ella lo miraba, sus ojos reposados en los de él, brillando más que nunca, como siempre. Ella serena, delicada y blanca. Cada vez que miraba sus ojos sentía que perdía los sentidos o los sentidos lo hacían perderse. Anoche soñó con ella y recién en la vigilia se dio cuenta de que no fue anoche, que es hoy, que es siempre, que a toda hora sueña con esa cara brillante que solo un niño puede retratar si dibuja al sol sonriendo.
Fue anoche que soñó con un alma limpia y su sonrisa no se le va de los ojos. Es peor cuando los cierra, la sonrisa se hace más grande, los pómulos se hinchan, la cara se arruga, un alma radiante de simpatía, es opacada por esta lluvia que nubla sus sentimientos.


Por Mano

Incierto pero real

Ella es así. Él solo sabe que se puede y deja ver. Ella mira sin ver, como es mirada por ojos tristes, que entristecen más con su dulce mirada. No toma en cuenta ni ignora, sabe que es ella y nadie más. Hay muchos que caminan en el lugar, pero una sola que sabe volar. Sencilla, común, brote único, colorido y brillante. No se sabe tan hermosa, o si, pero él la ve tan inocente que descarta la posibilidad de que ella sepa lo radiante que está. Él sabe cosas que ella no, pensarla. Ella no sabe, creo que él nunca sabrá.
Vuelve a los días radiantes y se refleja ante tantos cuerpos. La única capaz de no diferenciarse entre esta mezcla de pensamientos y jardín, alma pura, reina. Más que su imagen no conoce. Ignora muchas cosas de ella, que son secundarias al saber lo que sabe.


Por Mano

lunes, 16 de junio de 2008

Momento con un alma

Fue solo ese instante. Bastó levantar la mirada detenerse en sus ojos, que ellos, y sin que moviesen sus delicados labios, decían que este momento se pasaba solo en silencio. Silencio que fue eterno, maquillado con formalidades, disfrazado de casualidad se vivió esa iluminación fruto de la causalidad. Con gente en la cercanía no existían más que ella y él, solos, cómplices los dos. Fusión de sentimientos originó esa cruel mirada, que lo entristece de a momentos, en otros causa que sienta nada. Ilusión, momento fantástico y eternidad hiriente, contradicción.
Le conforma el saber que no es al único que le pasó que al darse vuelta, para seguir haciendo presente el futuro, este se nutrió solo de pasado; para ambos sigue siendo presente, el momento que habían ocasionado.


Por Mano