Todo tenía un sentido fundador. Mi padre tenía un sólo traje y dos corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un pedazo de queso como postre. Cuando cumplió cuarenta años se encontró con la muerte. Quién se hubiera imaginado que esa muerte y mi añoranza del padre que no tuve hayan sido por un poco de queso o por una muerte. Pero así fue, por lo menos para mí. Nunca se supo muy bien lo que ocurrió aquella noche. De todo lo que se investigó y se dijo, lo que yo creo que pasó es que mi padre, una vez más, se dejó llevar por esa extraña y extrema tentación. Estuvo caminando largo rato de vuelta a su casa, en uno de esos días de los cansadores. Al pasar por el bar de la esquina, con esas mesas tan seductoras en la vereda, alguna picada le llamó la atención. Se acercó cordialmente, “señor, ¿le molesta si me como un pedazo de queso? Entiéndame, es mi debilidad. Vengo de trabajar todo el día, tengo que mantener a mi familia, no puedo comprarlo”. Luego de unos eternos segundos en silencio, el señor de la mesa le dijo: “si no puede pagarlo váyase, linyera inmundo”. Mi padre soportaba muchas cosas, había padecido varias injusticias, era una solitaria buena persona, pero había dos cosas que lo transformaban completamente. El queso, tema que lo llevo a separarse de mi madre, aunque, convengamos, nunca estuvieron del todo juntos, unidos (cosas de adultos). Y que hablen mal de su aspecto. Siempre estaba peinado, con la ropa lo más limpia posible, con los zapatos lustrados y la barba recortada. Ahora que lo pienso, no creo haberlo visto despeinado en mi vida, aunque lo haya visto muy poco. “Vagabundo asqueroso” o “linyera inmundo”, que más da. Mi padre se aguantó en silencio semejante insulto. Eso si, manoteó un pedazo de queso y entró a caminar ligero. A los pocos pasos y sin palabras previas, el otro señor le disparó un tiro en la espalda. No habrá podido tener tiempo para poner las manos al caer, de ahí su rostro todo raspado, pero si para, una vez en el suelo, sacar su revólver y acertarle en la cabeza con el disparo. Cuando llegó la ambulancia no había nadie al lado de mi padre, como ya hace mucho tiempo. No estaba ni el otro cuerpo, que ya había sido trasladado muerto al hospital en algún auto de algún amigo. Los médicos lo encontraron en el suelo, con la mano cerrada, apretando con fuerza el pedazo de queso.
La muerte no llega por nada, hay algo, quizás muchas cosas, que la causan. Mi padre creía que esa ley con él no se cumpliría, se decía inmune a todo. Eso era de lo poco que mi madre nos contaba de él. Nunca estuvo en cama mi padre. Las veces que estuvo en un hospital fueron por su propia voluntad, contando las que iba de visitas y las de revisiones anuales que confirmaban su teoría. Ésta era la primera vez. Claro, ya inconsciente lo subieron a la ambulancia, no tenía mucha opción. En el hospital estuvo un tiempo consciente y, como pocas veces en su vida, con gente alrededor. Quizás en su nacimiento o en mis primeros dos años de vida, hasta que nació mi hermana, tuvo gente que lo quisiera en su proximidad. Nosotros, con mi hermana, lo quisimos pero vivimos influenciados por mi madre que, después de aquel episodio del queso hace ya trece años, no volvió a ver a mi padre y se ocupó de hablar mal de él cada vez que pudo.
“Hijo, no es por el disparo que agonizo. La herida no me duele ni un poco, no la siento. El corazón me está funcionando distinto, no creo que ande mal de salud, debe estar triste porque estoy por morir. No sé porque muero, creía que no iba a haber una causa para mi muerte. Estaba seguro de que no habría una causa, me lo leyó en la borra del café. Pero ahora creo que es por aquella vida que maté. Por las dudas, no lo traten de averiguar”. Ese fue el único secreto que mi padre me contó al oído. Esas fueron sus últimas palabras. Nadie lo entendió ni en su último deseo. Los que a la ciencia adoran aseguraban que los resultados medicinales habían diagnosticado muerte. Los religiosos decían que Dios necesitaba ángeles en el cielo. Mi hermana me lloraba el hombro mientras que, hablando entrecortado, le echaba la culpa a nuestra madre por no haber venido a verlo ni siquiera en sus últimas horas en el hospital. A mi madre, claro, le parece que la causa fue aquel pedazo de queso.
Muy solo murió mi padre, sólo tenía un traje y dos corbatas. Sólo cuarenta años, solo. Todos dirán que por esta bala moriré. Yo tampoco creo que haya una causa, pero, si la hay, es por la muerte de mi padre o por aquel otro pedazo de queso, que es lo mismo. Recién ahora, y aunque siga influenciado por mi madre, aunque nunca me haya dejado probar queso alguno, me doy cuenta qué tan parecido que soy con mi padre. Por una muerte él murió, por su muerte yo muero.
Por Mano
“Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano
martes, 23 de junio de 2009
jueves, 11 de junio de 2009
Flor elegida
Iba caminando hacia la escuela. Hacía mucho frío porque el sol aún no había salido. Era el peor momento para caminar tanto, aunque seguro había sido una de esas noches fantásticas, llenas de estrellas; aunque prometía ser un día de los tantos en los que el sol, desde que asoma hasta que se esconde, brilla fuerte y calienta todo lo que la sombra no se adueña. Pero ese momento del medio, entre una cosa y la otra, era muy doloroso. Corren los últimos días de abril. El frío, el viento, los ruidos y ella caminando cabizbaja hasta el pueblo, hasta la escuela, cantando una canción para adentro, una que le enseño su abuela, una que le abriga el corazón.
Por fin llega y ocupa el lugar que quedó vacío. No mira a nadie, no habla con nadie. Y eso que su gente la llama, medio en broma, medio en serio, “wamla mana upaallay-chu” (niña que no calla). Pero en la escuela pega un labio con el otro, clava la mirada en el cuaderno y dibuja coloridas flores. De campanazo a campanazo con los lápices arrastrándose por las hojas. Todo tipo de flores y de colores. Se inspira con los colores de las montañas y las flores las copia de jardines que nadie conoce, con flores que nunca nadie vio. En la escuela no le prestan atención a esas obras de arte. Cuando en su casa le preguntan dice que son flores que estaban hace muchos años atrás, que se fueron muriendo o escapando a algún lugar. La abuela, con más arrugas que años, sonríe. Ella cuenta la historia de alguna flor, termina y canta alguna canción mientras corre y baila. Una vez que empieza se hace difícil que termine.
Todo lo contrario en el aula. Casi ni gesticula, apenas pestañea. Sólo levanta la cabeza cuando, una vez al día, escucha “Alicia”, la maestra asiste con la mirada y mueve rápidamente su lápiz: presente. Para los demás está sólo cuando la rutinaria tomada de lista llega al último nombre. Pudo conservar su apellido en la escuela: Wakaslla, aunque no su nombre original, Akllasisa, ya que la directora lo cambió “para que la niña se pueda insertar más fácilmente” por uno que, en español, suena parecido. Ahora nadie, sólo la maestra alguna que otra vez, le dice Alicia.
Nadie la mira. Alguno que otro la empuja o la pisa cuando pasa corriendo. Ella no dice nada, ni cuando, muy de vez en cuando, la maestra le pregunta algo. Lo preocupante no es sólo que nadie la haya escuchado hablar sino que por eso piensen que es muda. Esto fue lo que motivó a la maestra, preocupada, en su rol de segunda mamá, a hablar con la directora. Llamaron a la madre para explicar esta situación: “mi hija sólo habla quechua, nuestra lengua materna”.
Por fin llega y ocupa el lugar que quedó vacío. No mira a nadie, no habla con nadie. Y eso que su gente la llama, medio en broma, medio en serio, “wamla mana upaallay-chu” (niña que no calla). Pero en la escuela pega un labio con el otro, clava la mirada en el cuaderno y dibuja coloridas flores. De campanazo a campanazo con los lápices arrastrándose por las hojas. Todo tipo de flores y de colores. Se inspira con los colores de las montañas y las flores las copia de jardines que nadie conoce, con flores que nunca nadie vio. En la escuela no le prestan atención a esas obras de arte. Cuando en su casa le preguntan dice que son flores que estaban hace muchos años atrás, que se fueron muriendo o escapando a algún lugar. La abuela, con más arrugas que años, sonríe. Ella cuenta la historia de alguna flor, termina y canta alguna canción mientras corre y baila. Una vez que empieza se hace difícil que termine.
Todo lo contrario en el aula. Casi ni gesticula, apenas pestañea. Sólo levanta la cabeza cuando, una vez al día, escucha “Alicia”, la maestra asiste con la mirada y mueve rápidamente su lápiz: presente. Para los demás está sólo cuando la rutinaria tomada de lista llega al último nombre. Pudo conservar su apellido en la escuela: Wakaslla, aunque no su nombre original, Akllasisa, ya que la directora lo cambió “para que la niña se pueda insertar más fácilmente” por uno que, en español, suena parecido. Ahora nadie, sólo la maestra alguna que otra vez, le dice Alicia.
Nadie la mira. Alguno que otro la empuja o la pisa cuando pasa corriendo. Ella no dice nada, ni cuando, muy de vez en cuando, la maestra le pregunta algo. Lo preocupante no es sólo que nadie la haya escuchado hablar sino que por eso piensen que es muda. Esto fue lo que motivó a la maestra, preocupada, en su rol de segunda mamá, a hablar con la directora. Llamaron a la madre para explicar esta situación: “mi hija sólo habla quechua, nuestra lengua materna”.
Incomunica a dos
No fue de un día para otro. Tampoco estaba convencido, pero quería que el resto de su vida no sea como este triste presente. Aunque con mucho miedo, buscaba un cambio, algún camino que lo condujese no importa donde, pero lejos de las situaciones que vivía diariamente. De esa rutina que se alimentaba de la cada vez mayor indiferencia. Pero los cambios, a medida que iba viviendo y conviviendo, se hacían más y más difíciles. Cada vez más decisiones, más responsabilidades, más compromisos, lo hacían entrar en una vida que, cuanto más cuenta se daba que no era la suya, más le costaba escaparle.
Claro, hace tiempo que estaban mal, muy mal, y cada vez peor. Cada uno creía que el otro no se daba cuenta de lo desgastada que estaba la relación y seguían. Algo seguían. Para no herirse seguían, seguían hiriéndose. Eran siete años de levantaste por la mañana y tener al otro al lado, cada vez más lejos. No era una decisión fácil para ninguno de los dos. Ella ya se había acostumbrado, lo naturalizó mucho más que él, que lo padecía todos los días y trataba de no hablarle, de no verla, con tal de no sufrir y así sufría más. A eso también ella se acostumbro y así seguían. Indiferentemente unidos.
Así cotidianamente. No se celaban, se puede decir que a ninguno le interesaba lo que hacía o dejaba de hacer el otro. Se querían, sí, claro, sino no hubiesen seguido. ¿Seguían? Pero uno por buscar en una salida (o entrada infinita) cobarde y la otra por naturalizar un problema no viéndolo como tal, seguían así, queriéndose y lastimándose. No queriendo estar y siguiendo, siempre siguiendo. Siguiendo sin querer estar. Estando juntos pero sintiendo que el otro no estaba.
Hola. Chau. Algún que otro ¿cómo estás? de compromiso. No más que un ¿querés un café? Hasta había veces que a alguno se le escapaba un ¡qué lindo/a estás! medio timidón, y el otro devolvía una mirada como sabiendo que lo decía sin mirar, sin importarle. Se querían, hasta se lo decían, pero ya eran palabras sin-sentido.
Hubo un tiempo en que verse con sus amigo era un gran problema para los dos. Claro, compartían amigos. Todos los notaban raros y ellos hacían lo imposible por simular estar bien. Esos malos momentos se curaron con el tiempo, luego los dos tuvieron sus propios amigos a los que veían sin el otro al lado y vaya uno a saber de lo que hablaban en esas reuniones, de lo que contaban el uno del otro. Ellos no lo saben, lo creen saber, lo sospechan, lo piensan, lo intuyen, pero no lo saben. Quizás por eso siguen. No saben que piensa el otro.
Los dos tenían miedo. Tenían miedos. Él sabía que el miedo es un sentimiento que nos brota cuando no sabemos qué es lo que va a pasar, pero nos imaginamos las posibles resoluciones. Cuando pensamos que, entre algunas de las cosas que pueden suceder, está la que no nos gustaría que pase. Pero es fundamental el hecho de que por nuestra cabeza se pase aquello de que pueda pasar eso que no nos gustaría que pase para tener miedo, sino no tenemos miedo. Es futuro el miedo, un futuro en el presente, se sufre en el presente. También es necesario, positivo. Sin miedo haríamos cosas como cruzar las calles sin mirar o meternos a nadar con tiburones. Pero no es este tipo de miedos el que él sentía a la hora de enfrentar su problema. Su miedo era hacerla sufrir. Miedo a la soledad, quizás. Miedo a lo desconocido, al cambio. Eso y la reacción de ella ante este cambio.
Un día, sin planearlo, se vieron sentados uno enfrente del otro. Él sabía que era el momento de plantear el problema. Por eso estaba nervioso. Miraba para todos lados, tosía, se rascaba la cabeza. Con la frente mojada pensaba en qué difícil que era ponerse a hablar con la mujer que convivía hace más de siete años. No sabía qué decirle ni cómo hablar. Pero, después de haberlo reflexionado tanto, estaba decidido. Había que terminar con esta falsa relación. Aunque para eso debía hacer algo que nunca había hecho. Tenía que hablar con ella. Sin hablar podían seguir la convivencia, pero no terminarla. Pensó “a veces hay que hacer cosas que no se quieren para conseguir algo que se desea con más fuerzas”. Otra vez el miedo. Quizás a no saber como iba a reaccionar ella, quizás a no saber si iba a poder explicar su situación. Ya basta. Después de varios minutos en esa tensión, juntó coraje. Pero cuando, en un gesto, despegó los labios, abrió levemente la boca, levantó la mirada y las cejas, ella interrumpió. “Mi amor, yo también quiero que sigamos juntos”.
Por Mano
Claro, hace tiempo que estaban mal, muy mal, y cada vez peor. Cada uno creía que el otro no se daba cuenta de lo desgastada que estaba la relación y seguían. Algo seguían. Para no herirse seguían, seguían hiriéndose. Eran siete años de levantaste por la mañana y tener al otro al lado, cada vez más lejos. No era una decisión fácil para ninguno de los dos. Ella ya se había acostumbrado, lo naturalizó mucho más que él, que lo padecía todos los días y trataba de no hablarle, de no verla, con tal de no sufrir y así sufría más. A eso también ella se acostumbro y así seguían. Indiferentemente unidos.
Así cotidianamente. No se celaban, se puede decir que a ninguno le interesaba lo que hacía o dejaba de hacer el otro. Se querían, sí, claro, sino no hubiesen seguido. ¿Seguían? Pero uno por buscar en una salida (o entrada infinita) cobarde y la otra por naturalizar un problema no viéndolo como tal, seguían así, queriéndose y lastimándose. No queriendo estar y siguiendo, siempre siguiendo. Siguiendo sin querer estar. Estando juntos pero sintiendo que el otro no estaba.
Hola. Chau. Algún que otro ¿cómo estás? de compromiso. No más que un ¿querés un café? Hasta había veces que a alguno se le escapaba un ¡qué lindo/a estás! medio timidón, y el otro devolvía una mirada como sabiendo que lo decía sin mirar, sin importarle. Se querían, hasta se lo decían, pero ya eran palabras sin-sentido.
Hubo un tiempo en que verse con sus amigo era un gran problema para los dos. Claro, compartían amigos. Todos los notaban raros y ellos hacían lo imposible por simular estar bien. Esos malos momentos se curaron con el tiempo, luego los dos tuvieron sus propios amigos a los que veían sin el otro al lado y vaya uno a saber de lo que hablaban en esas reuniones, de lo que contaban el uno del otro. Ellos no lo saben, lo creen saber, lo sospechan, lo piensan, lo intuyen, pero no lo saben. Quizás por eso siguen. No saben que piensa el otro.
Los dos tenían miedo. Tenían miedos. Él sabía que el miedo es un sentimiento que nos brota cuando no sabemos qué es lo que va a pasar, pero nos imaginamos las posibles resoluciones. Cuando pensamos que, entre algunas de las cosas que pueden suceder, está la que no nos gustaría que pase. Pero es fundamental el hecho de que por nuestra cabeza se pase aquello de que pueda pasar eso que no nos gustaría que pase para tener miedo, sino no tenemos miedo. Es futuro el miedo, un futuro en el presente, se sufre en el presente. También es necesario, positivo. Sin miedo haríamos cosas como cruzar las calles sin mirar o meternos a nadar con tiburones. Pero no es este tipo de miedos el que él sentía a la hora de enfrentar su problema. Su miedo era hacerla sufrir. Miedo a la soledad, quizás. Miedo a lo desconocido, al cambio. Eso y la reacción de ella ante este cambio.
Un día, sin planearlo, se vieron sentados uno enfrente del otro. Él sabía que era el momento de plantear el problema. Por eso estaba nervioso. Miraba para todos lados, tosía, se rascaba la cabeza. Con la frente mojada pensaba en qué difícil que era ponerse a hablar con la mujer que convivía hace más de siete años. No sabía qué decirle ni cómo hablar. Pero, después de haberlo reflexionado tanto, estaba decidido. Había que terminar con esta falsa relación. Aunque para eso debía hacer algo que nunca había hecho. Tenía que hablar con ella. Sin hablar podían seguir la convivencia, pero no terminarla. Pensó “a veces hay que hacer cosas que no se quieren para conseguir algo que se desea con más fuerzas”. Otra vez el miedo. Quizás a no saber como iba a reaccionar ella, quizás a no saber si iba a poder explicar su situación. Ya basta. Después de varios minutos en esa tensión, juntó coraje. Pero cuando, en un gesto, despegó los labios, abrió levemente la boca, levantó la mirada y las cejas, ella interrumpió. “Mi amor, yo también quiero que sigamos juntos”.
Por Mano
Juego de mesa
Sentí que alguien me agarró fuerte del brazo. Me entró violentamente a un lugar raro. Era un cuarto con muy poca luz, una sola ventana chiquita dejaba entrar la poca luz que la luna brindaba. Eran confusos los rasgos de su cara. Nunca antes había visto ese rostro. Me sentó bruscamente, me miró a los ojos un buen rato. Me hizo algunas preguntas que no recuerdo y luego comenzó a enseñarme un juego.
En una pequeña mesa de madera había un tablero de cartón sin muchos colores y varias fichas del mismo tamaño pero diferente color desparramadas por encima. El juego era algo tradicional, estricto (creo que obligatorio, “todo niño que pase por aquí deberá jugar”) y alentaba mucho a la competencia. Una serie de participantes, no importa su origen ni características personales (las reglas son las mismas para todos), comenzaban en el casillero cero. A medida que se iban contestando preguntas correctamente se iba avanzando. Por contestar mal, hacer trampa o desobedecer las reglas del juego había distintos castigos. La metodología del juego era incuestionable. Uno pregunta y los demás, según el turno, responden. Las afirmaciones no se someten a discusión: sí son correctas el jugador avanza, sí son incorrectas se le designa la pena correspondiente. Esa es la única expresión e intervención posible de los jugadores y, entre ellos, no hay más relación que la que la competencia promueve al beneficiar sólo al que llega primero. Para esto sólo es posible un camino ya dibujado, quien mejor se adapte podrá recorrerlo con más velocidad. No es problema del juego el que no se adapten algunos jugadores, estos últimos serán expulsados y el juego continuará para los que sí supieron adaptarse.
Me levanté transpirando, con más nervios que con los que me había dormido, para ir a mi primer día de clases.
Por Mano
En una pequeña mesa de madera había un tablero de cartón sin muchos colores y varias fichas del mismo tamaño pero diferente color desparramadas por encima. El juego era algo tradicional, estricto (creo que obligatorio, “todo niño que pase por aquí deberá jugar”) y alentaba mucho a la competencia. Una serie de participantes, no importa su origen ni características personales (las reglas son las mismas para todos), comenzaban en el casillero cero. A medida que se iban contestando preguntas correctamente se iba avanzando. Por contestar mal, hacer trampa o desobedecer las reglas del juego había distintos castigos. La metodología del juego era incuestionable. Uno pregunta y los demás, según el turno, responden. Las afirmaciones no se someten a discusión: sí son correctas el jugador avanza, sí son incorrectas se le designa la pena correspondiente. Esa es la única expresión e intervención posible de los jugadores y, entre ellos, no hay más relación que la que la competencia promueve al beneficiar sólo al que llega primero. Para esto sólo es posible un camino ya dibujado, quien mejor se adapte podrá recorrerlo con más velocidad. No es problema del juego el que no se adapten algunos jugadores, estos últimos serán expulsados y el juego continuará para los que sí supieron adaptarse.
Me levanté transpirando, con más nervios que con los que me había dormido, para ir a mi primer día de clases.
Por Mano
lunes, 8 de junio de 2009
Indicios
Un hombre mira por la ventana de su departamento y ve que, por más que haya un sol radiante, todo el mundo anda con campera. Se abriga y sale de su casa.
Va por primera vez a comprar la fruta y la verdura a la feria de la esquina de su casa. Hasta hoy, siempre había comprado en la verdulería que queda tres cuadras más allá, sólo porque se lleva bien con el verdulero, por costumbre, por miedo al cambio. Pero el fin de semana fue a cenar a la casa de un amigo porque era el cumpleaños de la novia. Allí comió una exquisita parrillada de verduras, y el amigo le contó que las verduras que él comía eran de aquella feria de la esquina.
Caminando por la vereda se encuentra con un cartel que dice “cemento fresco”, camina unos metros por la calle y vuelve a subir a la vereda. Frena en la esquina. Mira que el semáforo se pone en verde para los que van a cruzar, vuelve su vista al suelo y cruza.
Al llegar a la feria, desorientado, se encuentra con que hay muchos puestos que venden verduras. Frena y observa cada uno de los puestos. Decide optar por aquel que tenia más gente esperando por comprar. Piensa, “si hay mucha gente debe ser el mejor” y se pone en la cola. Cuando estaba llegando percibió que el que está ahora delante suyo en la fila había agarrado un número antes de ubicarse de tras del resto, y lo copió. Ya en la cola está inseguro, pues no sabe si aquel puesto es donde compra su amigo. Había sacado el número 47, pregunta a una señora por qué número iban. La señora tarda en contestar, ya que le ve cara de “sospechoso”, teme que le robe, pero le contesta “por el 28”. Agradece y por dentro estima unos 35 minutos de espera.
Mientras esperaba su turno pensaba en lo bien que le iba a la feria, todo el tiempo había gente entrando y saliendo. De repente interrumpe su pensamiento la novia de su amigo, a la que no había visto, pero que había terminado de comprar en aquel puesto. Intercambian saludos y alguna que otra palabra sobre lo bien que la habían pasado en el cumpleaños. Se despiden y ella se va. Él, viéndola alejarse, se queda pensando en que efectivamente este era el puesto en el que compraba su amigo y en que a la novia le había gustado el reloj que le había regalado para su cumpleaños.
Por Mano
martes, 23 de septiembre de 2008
Propiedad privada
A Ramón
Llegué a aquel paraíso terrenal del que me habían contado y que yo, en algún lado, creía haber visto. Lo miré y confirmé que lo había soñado. Lo sentí como nunca antes había sentido algo. Sol radiante de día. Iluminado de estrellas y lunas de noche. Un clima ideal para lo que fuera que hicieses allí. Tuve miedo al principio aunque de a poco se fue diluyendo. Miedo a la perfección pienso yo. Miedo. Mucho miedo.
Me enteré que aquella tierra tenía dueño. No hace mucho que la propiedad privada había llegado al lugar. Otra vez mi libre corazón sometido a dependencias. Ya no podría pasar por más que la tierra con sus ojos hermosos me invitaba a sentarme y estar allí con ella. Me quedé solo en el vacío.
Por Mano
Llegué a aquel paraíso terrenal del que me habían contado y que yo, en algún lado, creía haber visto. Lo miré y confirmé que lo había soñado. Lo sentí como nunca antes había sentido algo. Sol radiante de día. Iluminado de estrellas y lunas de noche. Un clima ideal para lo que fuera que hicieses allí. Tuve miedo al principio aunque de a poco se fue diluyendo. Miedo a la perfección pienso yo. Miedo. Mucho miedo.
Me enteré que aquella tierra tenía dueño. No hace mucho que la propiedad privada había llegado al lugar. Otra vez mi libre corazón sometido a dependencias. Ya no podría pasar por más que la tierra con sus ojos hermosos me invitaba a sentarme y estar allí con ella. Me quedé solo en el vacío.
Por Mano
martes, 16 de septiembre de 2008
¿Qué es la esperanza?
-“Tarea para mañana: ¿Qué es y para que sirve la esperanza?”-gritó la maestra en el último segundo de clases tratando de superar el ruido del timbre y de pupitres arrastrándose.
Francisco, que estaba cumpliendo los siete abriles, creyó no haber entendido la consigna pero en el momento le preocupaba más la festividad de su cumpleaños. A la salida del colegio hubo pelotero. Emoción a pies descalzos. Envidia de los grandes. Y las observaciones del abuelo:
-“El pelotero es una maqueta del mundo. Todos encerrados. Mil historias. Alegrías y llantos. Guerras y juegos. Muchísimos caminos distintos para terminar siempre en pelotas”
-“Claro Atilio, como el mundo, como el mundo”-dijo la mamá de Francisco pensando en que era la ultima vez que invitaban al abuelo. Pobre, no entendía la lucidez del viejo. Atilio no le dio bolilla y siguió maravillado viendo a los nenes en el pelotero.
A media tarde todo tipo jolgorio había concluido. Este se volvía un día como cualquier otro. Hasta que Francisco se puso a pensar en aquella tarea. Hubo una secuencia que se repitió varias veces: Francisco frente al cuaderno, la hoja en blanco y él estallaba en carcajadas. Se serenaba, pensaba en la pregunta y se reía. Se daba por vencido. Volvía a pensar y volvía a sonreír.
Al día siguiente, camino al colegio, temió por el deber no cumplido y se rió hasta que los cachetes le empezaron a doler. Al llegar al aula se sentó en su banco y no dejó de mirar su hoja en blanco ni un segundo. Pasaba el tiempo y pasaban sus compañeros al pizarrón a mostrar a todos su tarea mientras eran juzgados por la maestra.
Cuando llego el turno de Francisco, tímidamente se acercó al pizarrón. Caminando con la pera en el cuello, un silencio tétrico lo vio pararse al lado de la maestra. Mostrando el cuaderno vacío dijo muy suavemente: “Cada vez que me sentaba a hacer la tarea no se me ocurría nada y me largaba a reír”. El aula se convirtió en un coro de risas. Un ir y venir de gritos y papeles hasta que la maestra obligó el silencio. Ese momento fue mágico. Los ojos de Francisco se abrieron asombrosamente y brillaron más que nunca. La sonrisa había vuelto, pero esta vez decía mucho más. Francisco interrumpió a la maestra y dijo:
-“Claro, la esperaza es las sonrisas de los demás en los ojos de cada uno. Y para eso sirve, sirve para sonreír. Por eso cuando vemos a alguien reír nos brota una sonrisa”.
La maestra se sentó. Ese día la clase la dio Francisco.
Por Mano
Francisco, que estaba cumpliendo los siete abriles, creyó no haber entendido la consigna pero en el momento le preocupaba más la festividad de su cumpleaños. A la salida del colegio hubo pelotero. Emoción a pies descalzos. Envidia de los grandes. Y las observaciones del abuelo:
-“El pelotero es una maqueta del mundo. Todos encerrados. Mil historias. Alegrías y llantos. Guerras y juegos. Muchísimos caminos distintos para terminar siempre en pelotas”
-“Claro Atilio, como el mundo, como el mundo”-dijo la mamá de Francisco pensando en que era la ultima vez que invitaban al abuelo. Pobre, no entendía la lucidez del viejo. Atilio no le dio bolilla y siguió maravillado viendo a los nenes en el pelotero.
A media tarde todo tipo jolgorio había concluido. Este se volvía un día como cualquier otro. Hasta que Francisco se puso a pensar en aquella tarea. Hubo una secuencia que se repitió varias veces: Francisco frente al cuaderno, la hoja en blanco y él estallaba en carcajadas. Se serenaba, pensaba en la pregunta y se reía. Se daba por vencido. Volvía a pensar y volvía a sonreír.
Al día siguiente, camino al colegio, temió por el deber no cumplido y se rió hasta que los cachetes le empezaron a doler. Al llegar al aula se sentó en su banco y no dejó de mirar su hoja en blanco ni un segundo. Pasaba el tiempo y pasaban sus compañeros al pizarrón a mostrar a todos su tarea mientras eran juzgados por la maestra.
Cuando llego el turno de Francisco, tímidamente se acercó al pizarrón. Caminando con la pera en el cuello, un silencio tétrico lo vio pararse al lado de la maestra. Mostrando el cuaderno vacío dijo muy suavemente: “Cada vez que me sentaba a hacer la tarea no se me ocurría nada y me largaba a reír”. El aula se convirtió en un coro de risas. Un ir y venir de gritos y papeles hasta que la maestra obligó el silencio. Ese momento fue mágico. Los ojos de Francisco se abrieron asombrosamente y brillaron más que nunca. La sonrisa había vuelto, pero esta vez decía mucho más. Francisco interrumpió a la maestra y dijo:
-“Claro, la esperaza es las sonrisas de los demás en los ojos de cada uno. Y para eso sirve, sirve para sonreír. Por eso cuando vemos a alguien reír nos brota una sonrisa”.
La maestra se sentó. Ese día la clase la dio Francisco.
Por Mano
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