“Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano

miércoles, 21 de julio de 2010

Viajar a ninguna parte

Arranca la viajera el rumbo, traza el destino de un día hacia dónde y hacia cómo, sin saber queriendo. Rompe ella el recuerdo del ayer en viaje, mira la muñeca sin reloj y sigue en flote.

Va. No mira para atrás pero sí para los costados y ahí resuelve enamorarse, jugar, descubrir. No falta menos nunca. No viaja por llegar sino por ir. Sigue esperando y escribiéndolo mientras se asoma a inalcanzables cicatrices. Vuelve a la montaña para verlo en el mar, al bosque para escucharlo en cascadas, al desierto para contarlo y encontrarlo muerto. Y cuando vuelve sigue. Está segura, cuando se viaja se sueña y cuando se sueña se busca. Imaginando encuentra y por eso va. Sueña, imagina y busca otra cosa, otro mundo. Viajando lo encuentra y también lo pierde. Por eso a veces para y escucha los silencios.

Una heroína va. Sola va. En la nada va. No se cansa, sigue. Busca y encuentra los colores y escucha las melodías en viaje. Pero los colores se mueven y las melodías son infinitas. Por eso va y no para; o para para seguir yendo y está quieta en varios lugares al mismo tiempo.

En la noche piensa en el posible silencio de renuncia voluntaria, en volver o simplemente en seguir sin pensar. Pero siempre termina por pensar soñando. Y en la imaginación desaparece, sigue en búsquedas que son viaje. Y a ustedes qué carajo les importa si va o si vuelve al viajar. Y eso le retuerce el hígado y la ata a recuerdos que creía rotos, a rostros que siempre supo que no podría olvidar. Porque a nadie le interesa, y por eso viaja. Llega a sus manos sólo para irse y él lo sabe. Se ríe viajando y enumera los motivos de asco por las ciudades y las idiosincrasias de la gente que las ocupan.

Al otro día despierta, llega y sigue viajando, buscando o imaginando…

Por Mano

jueves, 25 de marzo de 2010

Sentada en la nube

Empezó a correrlo, se le iba. Estaba bastante lejos y apurado.
El agua serena, calma, indiferente, como si no quisiera estar ahí, lo distraía, naranja, marrón y, recién después, antes de horizonte, se hacía muy azul o verde. Le sonrojaba la idea de tomarse todo el agua del río, ¿cómo sería? Habrá millones y millones, llegarán hasta el centro de la tierra, se preguntaba, cuántos años se tardará en contar todos los copos de arena. Desde acá no se diferencian, parecen todo uno, que va cambiando velozmente de color y consistencia. Se ve como cuando anda en bicicleta, siempre a la misma distancia. Seguía corriendo fuerte y la arena que fue negra, amarilla, cada vez era más blanca y fría.

A medida que corría se alejaba, por rotación creo, y él parecía que entraba cual moneda de oro en ranura de alcancía. Un niño sentado con las piernas estiradas en la arena lo siguió con sus ojos redondos, gigantes, cuanto estuvo a su alcance. Con una palita en la mano, la madre le decía algo mientras él movía el chupete entre los finos labios, preguntándole a él si sabía que los reyes magos saben que sabemos que no existen. Le contestó que no y el niño le dijo algo así como que detestaba que su madre (dijo “madre”) use el diminutivo todo el tiempo. Quedate a charlar un rato, pero ya estaba a unos cien metros. Pensó que no había nubes pero vio una, justo sobre el crepúsculo. Rápido miró el resto del cielo, celeste como nunca. Estaba la luna echando al sol, engordándose de risa blanca. Por más que bajó la cabeza, volvió a la arena, a las ramas traídas por la mar, a las incontables huellas; por más que sus ojos mostraban la concentración que se necesita para imaginarse todas las historias posibles que envuelve ese mundo cada vez más blando a sus pies; y por más que su mirada se fijase en algunas piedras u ostras de colores inverosímiles, su cabeza seguía en el cielo. En lo raro de aquella nube.
Sentada con las piernas cruzadas, con pantalones azules, gastados, casi blancos en las rodillas. Ahí arriba, sí, sentada, pensando quizás en cuándo se iba a decidir a mirarla o, ya teniendo esa certeza, con la cabeza en otro lado. Pero mirándolo, siempre y fijo. Apurada, radiante, algo molesta, se la veía cómoda, pero queriendo algo más. Casi no se movía, le sentaba muy bien la pose pero más aún la nube sosteniéndola flotar. Estaba riéndose como si ese gesto se le despertara al verlo moverse o hablar solo, parada al lado de la cama o de pensarse riéndose por verlo desde ahí, señalándole otra nube, una más grande, más arriba.
Y él entre sueño y vigilia. En ese momento en que se sigue durmiendo pero que ya se es conciente de que se está en un sueño. Viéndose a sí mismo corriendo en la playa o durmiendo en la cama, como en tercera persona, diciéndose (no sé si en voz alta o no), por un lado que no quiere despertar y, por el otro, asombrado, divertido, viéndola, qué hacés sentada ahí arriba.
Con esa sonrisa que brota cuando lo inesperado, la siguió mirando, pero de reojo. Seguía igual de iluminada por más que allí abajo estaba cada vez más oscuro. Movía en traslados cortos y veloces el pie de la pierna que cruzaba por enzima de la otra, mirándolo, claro, ¿y?, con las cejas levantadas y las dos manos en una rodilla.
Habrá seguido ahí por un rato más o una eternidad, pero el sol ya se le había escapado, o despertó, y no la vio más.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Encuento

o la sorpresa de escribir
I
Una vez más llegué. Otra vez el calor y las lecturas.
II
No sé si debería volver a ir a ese sitio. Las emociones que allí he vivido son muy fuertes, siempre termino por irme rápido para escribir lo ocurrido con la transpiración aun en la frente, con los pelos de los brazos aun erizados, con las risas que de a momentos, ahora, por ejemplo, se me escapan sin pedir permiso. Es más difícil que simplemente recordar, pues es como si todavía lo estuviese viviendo, sino pregúntenle a mis dedos que todavía siguen temblando y errándoles a las teclas.

III

Me tortura la postura, bastante contradictoria por cierto, de que el amor si no es mutuo sirve de nada. Creo que esa es la lección que mi cabeza, a través de la razón, le quiere imponer a algunos de mis lados sensibles; los cuales, por sensibles, claro, las más de las veces emblandecen en sus posturas. Ya veo por qué en este momento me estoy acordando, un poco tarde, que su amor es prohibido por imposible.
IV

Pensándolo bien. Sí, se podría decir que no sé si quiero volver a ese lugar porque cada vez que voy la paso muy, pero muy, bien. Nunca llega lo que esperás y te sorprende lo impensado. No estoy seguro, pero creo que me enamore todas las veces que fui. Sé que no quiere decir mucho esto, pero tampoco se me ocurre cómo explicar por qué no sé quiere volver a un lugar que nunca te defraudó. Es como no querer hacer un pacto con una persona por saberla buena, honesta y solidaria.

V

Sería maravilloso tener la filmación de mi cara en el momento que la veo. Qué graciosa habrá sido, cómo me lamento de que sea ella y no yo, y no cualquier otro u otra, el o la que la viera.

VI

Mi enamoramiento se incrementa al mismo tiempo que su belleza y que todo lo de incoherente que tiene esta situación. Es que cada día estoy más enamorado, ella está cada vez más linda y esas dos cosas cada vez tienen menos sentido. En cambio, las posibilidades de que estemos juntos algún día, y otra vez la razón, son inversamente proporcionales a las otras tres cosas, al amor, a la belleza y a la incoherencia.

VII

Mis pensares no serían negativos si en ellos encontrara otra cosa que no sea la certeza de su indiferencia. Si no estuviese seguro de que ya olvidó este momento, para mí, eterno.

VIII

No era necesario que me haga advertir su presencia. Todo hubiese estado bien para mí si no llamaba mi atención. Si pasaba de largo, quizás percatándose de que yo estaba ahí y era curioso verme, pero sin interrumpirme la concentrada lectura que por el recuerdo insistente de su sonrisa tuve que abandonar después de verla. Su gesto, que supongo impulsivo por lo inhabitual de la situación, sus innumerables ojos verdes gigantes fijándose en los míos o en mi boca imposible de cerrar, bastaron tanto para mí como me hubiese llenado uno de sus siempre imaginables y concretos sólo en sueños, besos. Es que sus ojos y sus labios son igual de indescriptibles, pero si hablo de alguno no quedan palabras para el otro. Por eso, y creo que porque fue lo único que llegué a ver, supongo que hablo sólo de sus ojos. Si es posible imaginarse de alguna manera a Remedios, la bella, aquella que con su hermosura mató a más de uno en Macondo, yo la imaginaría con el rostro de ella.

IX

¿Habrá paz en sus pupilas?

X

Que alguien se imagine imaginándose la imaginación de un gran escritor latinoamericano. El que logre ese estado diría, claramente, que se necesita de mucha concertación y que además se vuelve difícil volver a la realidad repentinamente una vez que se está en ese clima.
Que cualquier persona diga quinientos nombres de personas con las que crea que puede llegar a encontrarse en el lugar que se encuentra en este momento. Cinco minutos antes de que viera sus ojos, yo no la hubiese nombrado.
Que alguna persona señale a otra al azar y le ordene leer un libro sin letras, en blanco. Ahí mi imposibilidad de seguir leyendo después de verla.
Que cada uno de los que lean esto se imagine a menos de un metro de lo que más quiere en la vida, pero sin poder vulnerarlo. Tan inalcanzablemente cerca me sentí yo.
Que todos los anteriores pregunten a todos sus conocidos qué harían, qué le pedirían, a Dios si lo vieran por dos segundos.
Que el más olvidado y dolorido de los seres humanos me diga cómo sería feliz. Estoy seguro que su respuesta terminaría en los ojos de ella, coincidiendo con el deseo del más afortunado y feliz que exista.
Que se hagan comisiones de sabios y eruditos del mundo y que me expliquen, en la cantidad de tiempo que ella estaba frente a mí, qué es la belleza. Sólo si lo logran sin usarla a ella de ejemplo tendrán mi consentimiento de sabios y eruditos.
Que el más sordo de este mundo escuche qué le dice el sol al oído, que al mismo tiempo yo, sin escuchar, coincidiré escribiendo el nombre de ella en un papel.
No sé como describir mi sorpresa, mi manera de no reaccionar.

XI

Es de cobarde, pero también es por no saber cómo demostrar valentía.Lo inútil de mi explicación se simplifica entendiendo que las palabras son eternas, pero esos ojos no.

miércoles, 6 de enero de 2010

Trillizas

Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
D. A.

Una vez, en Uruguay, me crucé con el único hombre que sabía de la existencia de las trillizas, aquellas que ni la madre lo supo nunca. Cada una esperó la muerte de otra para nacer. De la primera muchos no saben de su paso por el mundo, y de los pocos que saben hay bastantes que prefieren no saber. De la del medio nadie tiene rastros, no se sabía si había nacido hasta que se supo que había muerto porque nació la tercera. La tercera está siendo.
Muchas personas quizá conocieron -aunque lo dudo- a cada una de estas tres señoritas pero yo me crucé con la única persona que sabía que eran trillizas, me decía, por sus ojos, ¿sabés? Y a mí no me costaba imaginarme a estas tres generaciones con ojos iguales, así que estaba dispuesto a seguir escuchando. Él no conocía a la del medio, a la tercera la vio una vez en Buenos Aires cuando ella era muy chiquita y otra vez, no hace mucho, en algún balneario uruguayo –no me quiso decir cuál- y a la primera la conoció poco antes de que muriese, pero siempre la siguió escuchando. Me aseguró que yo era al primero y al único que le contaba esta historia cerrando la frase con un misterioso, por algo es, y vos sabés muy bien por qué. Claro que yo, aun hoy, no tengo ni idea de por qué. Dejó de ser uno sólo el que sabía de este parentesco y pasamos a ser dos. Y pasaron a ser todos los que lean esto o escuchen sobre esta escritura que pudo ser divulgada sólo cuando este amigo mío –sabía que te iba a encontrar a tiempo, amigo, me decía una y otra vez, a cada silencio más o menos prolongado- me lo permitiera con su muerte, te vas a dar cuenta, decía, y tosía como un desgraciado o como quien ya puede descuidar su salud, habiendo cumplido con su quehacer en esta tierra. Hace unos días un corazón que venia latiendo feliz por ciento ocho o ciento diez años, calculo yo, dijo basta. Yo lo sentí en el mío y me puse a escribir.



Hacía mucho que no me ponía a pensar en esto. En él y en ellas. Los misterios y maravillas de cada uno, sus muertes, sus vidas, los seis ojos, los últimos días de aquel amigo que me encontró a tiempo, según dijo. De la del medio nada sé, nada me contó el buen hombre. Aunque no la conoció sé que algo sabía pero, creo yo, no me quiso contar. Imaginé que no estaría de acuerdo con la vida que ella llevaba, que no era digno de opacar esta fascinante historia, aquellos ojos, con la historia de su vida, de la del medio, de la única de las tres que no vivió un cambio-de-siglo. Quizás el viejo esperaba que algún otro encuentro nos viera cruzando palabras y esperaba para entonces hablarme de la del medio. En fin. De la que sí me contó, y con mucho entusiasmo, fue de la primera. No podía creer que hoy en día alguien me hable de aquellos años, para mí sólo existentes en libros, archivos y relatos. Relatos como el que yo estaba escuchando pero con una generación en el medio, de nexo, claro.
Pero no. Estaba ahí, me lo contaba mirándome a los ojos, me lo acuerdo clarito. Más que nada a sus palabras rasposas, a veces indescifrables, y a su boca. Ya su boca. El viejo, mi amigo, entre palabra y palabra se acomodaba los pocos dientes que le quedaban moviendo la mandíbula de izquierda a derecha. Debes en cuando, cuando la pausa se hacía algo prolongada, sacaba la lengua cual serpiente para refrescarse los labios, luego se mordía el inferior y hacía como que mascaba vaya uno a saber qué. Tragaba saliva, sonreía moviendo la cabeza como afirmando algo –afirmando que efectivamente era yo, supongo- y me decía, sabía que te iba a encontrar, amigo. Tenía bigotes blancos, recién crecidos, como de dos o tres días sin afeitar. En los primeros minutos no escuche o no entendí lo que decía, sólo miraba su boca, me llamaba mucho la atención. Creo que se dio cuenta, dejo de hablar un momento hasta que lo miré a los ojos. Recién ahí siguió con lo que decía. Igual, no por mucho tiempo nuestros ojos se miraron entre sí, pues en mi esfuerzo por escucharlo, por entenderlo, no podía dejar de mirar su boca. Recuerdo que lo que primero le escuché fue -apenas lo miré a esos inolvidables ojos negros cubiertos casi en tu totalidad por párpados caídos, pesados los años, y arrugas que venían de alturas que lo superaban-, escucha bien, ¿querés?, te digo que te va interesar, pibe. Desde ese momento no hice más que escuchar sus ojos, ver su boca y sentir sus palabras.
Cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de Delmira, la primera, me decía. Habló un largo rato de su belleza y a mí me pareció que estaba describiendo a un alma sin cuerpo o a las noches más románticas de su vida o el colage impecable de lo mejor de cada mujer que haya visto en sus largos amaneceres o simplemente un pelo negro, largo, recogido, una nariz deliciosa con una pera en composé, formando curvas perfectas en su rostro, y unos ojos que lo abarcaban todo y que creí que me miraban, y me avergoncé. Pero más aún se detuvo en las palabras de la primera. Delmira, decía. Qué gratificados los oídos que la hemos escuchado, afirmaba, y a mi me parecía raro que él la recuerde con tan pocos años, y hace tantos. Lo cierto es que cuando comenzó a hablar de sus palabras, y de su voz, dejó de mirarme a los ojos, la vista se le fue por arriba de mi rostro, se perdió mucho más atrás de donde yo estaba. Miraba al cielo, creo. Vamos más lejos en la noche, vamos donde ni un eco repercuta en mí, como una flor nocturna allá en la sombra me abriré dulcemente para ti. Palabras más, palabras menos, y con la voz muy cambiada, eso fue lo que dijo. Muy lentamente y mientras uno de sus ojos soltaba una delgada gota que fue rodando hasta precipitar en el mentón. Cuando terminó, volví a ver sus ojos, encontré allí al cielo y me percaté que era de noche.
Se quedó un tiempo en esa posición como escuchando alguna respuesta venida de algún lugar. Luego bajó la mirada hasta el piso, tosió un par de veces, se pasó la mano por los ojos y bigotes y me miró. Sentí que no esperaba que espere más nada de él. Me había dejado sin palabras y no sabía como pedirle que me cuente más. Se dio vuelta y se empezó a alejar lentamente. Quedé paralizado unos segundos luego apuré el paso hasta alcanzarlo. ¿Y la tercera?, dije como para hacer notar mi interés. Él se dio cuenta de mi desesperación y me dijo, la ves más que yo, te falta conocerla, mirarla por dentro, asomarte a sus ojos.
Ahí sí que quedé inmóvil, sabía que no había más de que hablar pero vomité un cómo es tu nombre. Eros, susurró.
No volví a verlo. Sus palabras, mi recuerdo, más bien creo que su muerte, me hace pensar en la tercera. La veo en sueños pero cuando despierto no la puedo recordar. Cuando desde el insomnio escriba supongo que sabremos más de la que está siendo, supongo que me enamoraré.

domingo, 3 de enero de 2010

O céu de Camboriú (de aguas y colores)

Llueve mucho acá, en Brasil. Mucho, mucho llueve. Pero acá llueve tanto el cielo para que no se gaste de tanto ser mirado. Hoy, además de llover, también paró. Así que todos salimos fuera de los techos para poder mirarlo. Los pocos que no estaban bajo techo desaceleraron su andar y mucho tropezaron por mirarlo. Después de tantas gotas, el cielo se dejó ver. Ahí estaba y acá abajo se reflejaba en ojos y aguas. Si sólo para ese cielo el tiempo se hubiese detenido en ese momento yo envejecía viéndolo. Ya me dolía el cuello de mirarlo pero no quería bajar la cabeza hasta terminar de contar los colores que en él había. Maravillados en silencio lo veíamos todos: plantas, pájaros, personas, mar, viento. Todos en silencio escuchándolo callar.

Anocheció antes en el cielo que acá. Se me cayeron los párpados de tanto no pestañar para verlo. Una luz no me dejó seguir mi siesta tardía pero cuando desperté todo seguía en la misma calma. La luna brillaba como si todas las luces artificiales de todas las noches de todos los mundos estuviesen apagadas o apuntando hacia ella. No había estrellas fugaces, pues supongo que ninguna quería irse de este cielo y todas elegían quedarse congeladas allí arriba. Las pocas nubes que había pasaban por debajo o cerca de la luna, se las veía divertidas, jugando a ver quién llegaba última a ningún lugar. Ni con compás hubiera sido posible dibujarla tan redonda. La luna blanca con manchas grises, se colaba por entre las ramas y las hojas de la inmensa vegetación y llegaba hasta los rinconcitos más oscuros para dar una sombra iluminada por más luna. Todo lo abarcaba ella. Ese era su único apuro, el de alumbrar. El mío, en cambio, era por quedarme ahí, acá, y por escribir esto para recordar este cielo, ya no sólo cuando cierro los ojos, sino también cuando mis ojos, y los de quien los condimenten con mucha imaginación, pasen por estas palabras. Me apuré y ya llegué al final, pero ella sigue de prisa llegando sin parar.


Aquí el resto.

martes, 29 de diciembre de 2009

Desencuento

I

Llegué un rato antes y me puse a leer. Me pedí un café y lo tome rápido. Me dio mucho calor.

II

De vez en cuando levantaba la cabeza para ver quién andaba por la vereda y quién entraba. Me interrumpía la lectura el pensamiento sobre lo poco que sabía de la persona que esperaba. Nada, o casi nada. Digamos que algo, pero que ese algo bien podría ser falso. Hasta podría estar esperando a alguien que nunca existió, pero eso casi ni se me cruzaba por la cabeza o lo descartaba cada vez que insistía. Vale aclarar que no habíamos pactado, previamente, forma alguna de reconocimiento. Yo, con la certeza de que en cualquier momento llegaría, esperaba tranquilo, aunque sintiendo algo raro en la panza y en la cabeza, por novato en esto de citas a ciegas o por el miedo a enamorarme de esa forma. En realidad, creo que era por no saber si ella también pensaba en eso o sólo tenía su cabeza puesta en el tema que, por común, indirectamente nos unió (acepto y aviso que no sé bien qué quiere decir este verbo a la hora de hablar sobre relaciones humanas).

III

En la vereda de enfrente está por cruzar la calle una anciana. Mira hacia la ventana donde estaba yo y vuelve su mirada al piso como habiendo encontrado lo que buscaba. Pienso en que bien puede ser alguien como ella, aunque hasta ese momento sólo había pensado en alguien de una edad similar a la mía. Yesi no es nombre de una anciana. (¿Se llamará Yesi?). Y mis prejuicios son lo suficientemente determinantes como para confirmarme que la señora que estaba allí no se hubiera contactado conmigo de la forma que lo hicimos, a través de Cami (esto lo dudo) y movilizada por el particular tema por el que nos citamos. La señora no vuelve a levantar la cabeza, pasa de largo, sigue su paseo de tarde (¡acerté!) y yo mi paseo de pensamientos o de lecturas o de esperas que son más o menos lo mismo. El libro, para este entonces, puede que ya haya estado cerrado.
IV

La cantidad de cosas de esa otra persona que no sé me lleva, siempre, a volver sobre las que sé. Y son realmente muy pocas. Pienso en Cami. Cómo sería una amiga suya, qué aspecto puede tener alguien a la que le habló de mí y tiene, por un motivo inicial determinante del que sé que le habló (y supongo que con entusiasmo), ganas de conocerme en persona, de contarme sobre sus cosas y que le hable de las mías. De qué le habrá hablado, además que de aquello.

V

Camila es una gran persona. El poco tiempo que tuve para conocerla alcanzó para demostrarme lo enorme y bondadosa que es su alma, pero eso no me habla acerca de qué amigas tiene (ni siquiera sé si realmente es su amiga) ni de cómo son físicamente. Hablábamos mucho de ese tema, a ella le gustaba escucharme. Me hacía preguntas, se mostraba siempre interesada y hasta me demostraba que le hacía feliz que yo esté involucrado en esas cuestiones. De ahí que supongo el entusiasmo con que lo habrá hablado. Lo que no sé es si la habrá convencido, insistiendo en que, “conociéndote, lo tenés que conocer, se van a llevar muy bien” o sólo habrá contado, con ganas pero sin expectativas, de mí y estos temas que, al parecer, son comunes.

VI

Otra vez miro mi celular, la hora, “15:34”, su mensaje, “¿mañana podés? A las tres en el Pascual Contursi”, mi respuesta, “sí”.

VII

Por fin la vi. Llega tarde pero no tanto como para que ese sea un problema, es hermosa. Blanca, radiante, el pelo muy negro y corto. Alegre, decidida, va a manejar los tiempos de la conversación, del encuentro, de nuestras vidas (como vemos, desde el tiempo de inicio; de la conversación en un ratito, del encuentro desde ese momento y de nuestras vidas para siempre) ella, a su manera. Abre la puerta, mira para todos lados como buscando algo, más bien un aroma. Se me deben haber iluminado los ojos, sentí como que no había más ruidos que el de sus labios despegándose para sonreírme mientras me miraba y se avergonzaba. Ese instante tan inexplicable y extremo como la vida o la muerte. Son esos momentos en los que, por ausente, uno, tal como lo muestran algunas (¿malas?) películas en el difícil desafío de retratar al amor, hasta le firmaría el boletín a su hijo sin leerlo, tocándole la cabeza, sonriéndole con lo ojos fijos en otro lado. En ella. Ella que entraba como en cámara lenta hasta que soltó la puerta. Ya sin mirarme caminó velozmente por el pasillo que formaban las mesas y pasó a mi lado dejando un aroma agrio, que en cualquier otra circunstancia hubiera sido hermoso. Me doy vuelta y confirmo que su seguridad al entrar correspondía con una urgencia natural,
fisiológica, que nada tenía que ver con mi encuentro. El pronóstico meteorológico había fallado en su soleado discurso. En ese lugar, luego de avisar con relámpagos brillantes, lo que siguió al doloroso trueno fue que el sudor inundara mi remera. Miro por la ventana y el sol seguía evaporando el asfalto.

VIII

Volví a la lectura, intenté con éxito no pensar en el asunto, sabía que iba a venir pero no ganaba nada inquietándome, pensando en cuándo y quién. Ya no estaba ahí, la historia me había hecho suyo y navegaba por entre las hojas de aquella novela. De pronto una persona se me para al lado. Muy cerca, casi tocando mi codo con su pierna. Levanto la mirada, “una lámpara para leer. Es de bajo consumo, no se quema y la batería dura un año”, después de un prolongado aunque necesario silencio me niego pero agradezco. “Gracias a usted, feliz navidad”. Cerré el libro pero dejé una mano de señaladora y me puse a pensar, creo, en la cantidad de realidades que vivimos a cada instante y cómo vamos y volvemos constantemente hacia y de la ficción.

IX

De algún lado tuvo que haber sacado mi mail y “hola Joaquín soy Yesi, una amiga de Cami” (no recuerdo exactamente si su nombre es Yesi, en la agenda del celular la tengo como AmigadeCami). Existir
tiene que existir. Además, insistía con vernos para hablar de ese tema del cual Cami se conmovía escuchándome. La idea de que sea Cami haciéndose pasar por Yesi para ese entonces ya la había pensado y descartado. Entra un hombre alto, camisa blanca y pantalón negro, serio. Camina hasta mí, pone su portafolio en la mesa, lo abre y el reflejo de tanto brillo, de sus dientes blancos sonrientes y del oro y la plata que había en esos relojes y pulseras, me hace achinar los ojos. “No gracias”, “de nada amigo, felices fiestas”.
Convengamos que es raro. Una mezcla epocal. Los dos (supongo que los dos) jóvenes de principios de siglo veintiuno. Por un lado el tradicional café, el avejentado lector y en su cabeza las historias más cursis de amor típicas de siglos pasados. Por otro, las nuevas tecnologías, el encuentro arreglado por mail, el tema en común y los celulares callados esperando avisos o reclamos. No sé muy bien lo que estoy haciendo, nunca me imaginé en esta situación pero reconozco que ella y el interés sobre el tema compartido me intrigan sobremanera por desconocerla y por compartir eso que tanto parece interesarnos ambos.

X

Sigo leyendo aunque estoy más pendiente de la espera, del tiempo, de la gente, que del libro. Cada vez que termino de leer un párrafo es como si no lo hubiese leído. Así, tres o cuatro lecturas para cada párrafo, la lectura no tiene sentido pero es la única que le da pelea, en mi cabeza, a las ansias por verla aparecer de una vez por todas. De que deje de ser, en cada mujer que pasa, idealizada y se haga concreta, real. (Viva). Pasa el tiempo, pasa gente por la vereda, entra y sale gente durante un tiempo relativamente largo (para mi eterno). Tengo muchas ganas de hacer pis. Esa impaciencia hizo que cuando, sin levantar la cabeza, reconozca una silueta que entra, abre la puerta y se queda parada, yo me intranquilice más de lo que estaba. Las gotas de sudor ya eran inocultablemente incontrolables. (Disimulo, o eso creo, y veo que es mujer, que con la pera va apuntándonos a todos segura de estar buscando algo que ahí se hallaba pero inquieta por no saber qué es). Me negaba a pensar que era ella. Sabía que iba a venir, pero no era la que ahí estaba. De repente supo qué era lo que buscaba. Y lo encontró en mí, cuando me rendí, la miré y me sonrojé.

XI

Yo volví a mi seriedad inquieta y temerosa y ella vino hacia mí sonriente. Los pelos al viento, no me quitó ni un segundo los ojos de encima, hilando charlas imaginarias o cibernéticas, poniéndole rostro a las construcciones de mí en su cabeza, consolándose con un podría ser peor o confesando que está muy bien. Miro para todos lados, un poco a ella, un poco al piso, un poco a la gente que nos rodea, pensando en cómo demonios llamarla con tal de no errarle con el Yesi que sólo supongo. “Apenas te vi me di cuenta que eras vos, estaba esperando que me mires”, “¿qué tal? ¿Todo bien?”, “bien, perdón por la demora”. Yo sonrío y me vuelvo a sentar, mucho, muchísimo, más tranquilo.

XII

“¿No sabés dónde queda el baño?”. Mientras pienso en que no me digas que vos también entraste para ir al baño, me doy vuelta para señalárselo, lo mira y sin dudarlo se va apurada en silencio. Quiere decir dos posibles cosas que me alegran. O que
no le interesa o le interesa poco lo material (pues al irse dejó todas sus cosas en la silla que estaba al lado mío) y/o le importa algo o mucho, pero le transmití confianza. Volvió del baño mucho más linda, más serena. Yo también estaba cada vez mejor.
- Al fin nos conocemos.
- Al fin.
- No te imaginaba así.
- ¿Así cómo?
- No sé, te imaginé distinto.
¡Cómo me dio a pensar esa última afirmación! Mil cosas pasaron por mi cabeza. Creo que ella pensó que me había caído mal su comentario por mi prolongado silencio. Yo pensaba, me reía por dentro. De pronto (por suerte) se acercó el mozo.
- ¿Qué tomás?
- Un agua bien fría.
- Y para mí otro café, por favor.
Cuando el mozo trajo el pedido ya estaba otra vez solo en la mesa, ya habían pasado las risas vergonzosas, las disculpas sin sentido y Ana se estaba sentando en otra mesa con Bruno, que había llegado hacía un rato (qué cara de pobretipo, y otra vez mis prejuicios, pero qué le podía decir, qué podía pensar yo de él en las condiciones en las que me encontraba. En cualquier otro momento me le hubiese reído en la cara: una persona que esperando en su cita a ciegas, qué gracioso. Pero, claro, no era el momento y menos viendo sobre mi nariz como su cita se concretaba de buena manera y la mía no) y con sus ojos me decía seguí esperando.
“Igual dejame el agua, gracias”.

XIII

Sé que va a venir. Pero ya no quiero que me vea. Menos a los ojos de Ana, de Bruno, del mozo y el resto que por cobarde no miré pero que imagino cada vez más burlones, al tanto de mi situación. Desespero. Me paro rápido, pago en el mostrador, sin mirar a nadie a los ojos, “felicidades”.

martes, 14 de julio de 2009

Sobre un paso bien dado

Piensa en otra cosa, no por quitarle importancia, no le es indiferente, pero piensa en otra cosa. Mira el suelo, ya sabe donde va a pisar y aún no despegó su bota del piso. Sigue pensando en que llega tarde, en el frio, en por qué no hay pájaros cuando llueve o en lo mal que estamos todos caminando solos, apurados y cabizbajos. Mientras, sus ojos lo advierten de lo sucia que está la vereda y le hacen no despegar la vista del piso con tal de que no pise caca, basura o alguna baldosa floja. Uno no sabe con que se va a encontrar a cada paso, pero piensa en otra cosa.
Desafía a la gravedad. Comienza a infringir la ley, sus músculos se contraen, hacen fuerza, se levanta el pie y con éste la media. Los huesos en movimiento. Las articulaciones aceitadas, la rodilla comienza, lentamente, a adelantarse al mismo tiempo que se achica la distancia entre el talón y el glúteo izquierdo.
Hace fuerza el pie y levanta a la bota, que, poco a poco, se termina de despegar del piso. Primero la parte de atrás, luego la bota se va despegando cual calcomanía hasta que, con la punta, despide al piso que la ve alejarse no por mucho tiempo. Las ranuras de la suela y de baldosas aportaron oxigeno a la pisada, dejaron correr agua entre una y el otro, quizás salvaron alguna vida o rompieron alguna rama.
La bota se aleja del piso. La rodilla, que iba primera, es pasada por la bota que se adelanta a gran velocidad, mientras que, allá arriba, la mano pasa rápido en dirección contraria. Antes de que la pierna logre estirarse del todo, el pie (y con él la bota y la media) comienzan a descender. La bota aún no toca el piso y ya se tiene en cuenta el paso siguiente, pero piensa en otra cosa.
No se da cuenta de que está caminando, casi no lo percibe, piensa en otra cosa. Y quiere volar.


Por Mano