A Ramón
Llegué a aquel paraíso terrenal del que me habían contado y que yo, en algún lado, creía haber visto. Lo miré y confirmé que lo había soñado. Lo sentí como nunca antes había sentido algo. Sol radiante de día. Iluminado de estrellas y lunas de noche. Un clima ideal para lo que fuera que hicieses allí. Tuve miedo al principio aunque de a poco se fue diluyendo. Miedo a la perfección pienso yo. Miedo. Mucho miedo.
Me enteré que aquella tierra tenía dueño. No hace mucho que la propiedad privada había llegado al lugar. Otra vez mi libre corazón sometido a dependencias. Ya no podría pasar por más que la tierra con sus ojos hermosos me invitaba a sentarme y estar allí con ella. Me quedé solo en el vacío.
Por Mano
“Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano
martes, 23 de septiembre de 2008
martes, 16 de septiembre de 2008
¿Qué es la esperanza?
-“Tarea para mañana: ¿Qué es y para que sirve la esperanza?”-gritó la maestra en el último segundo de clases tratando de superar el ruido del timbre y de pupitres arrastrándose.
Francisco, que estaba cumpliendo los siete abriles, creyó no haber entendido la consigna pero en el momento le preocupaba más la festividad de su cumpleaños. A la salida del colegio hubo pelotero. Emoción a pies descalzos. Envidia de los grandes. Y las observaciones del abuelo:
-“El pelotero es una maqueta del mundo. Todos encerrados. Mil historias. Alegrías y llantos. Guerras y juegos. Muchísimos caminos distintos para terminar siempre en pelotas”
-“Claro Atilio, como el mundo, como el mundo”-dijo la mamá de Francisco pensando en que era la ultima vez que invitaban al abuelo. Pobre, no entendía la lucidez del viejo. Atilio no le dio bolilla y siguió maravillado viendo a los nenes en el pelotero.
A media tarde todo tipo jolgorio había concluido. Este se volvía un día como cualquier otro. Hasta que Francisco se puso a pensar en aquella tarea. Hubo una secuencia que se repitió varias veces: Francisco frente al cuaderno, la hoja en blanco y él estallaba en carcajadas. Se serenaba, pensaba en la pregunta y se reía. Se daba por vencido. Volvía a pensar y volvía a sonreír.
Al día siguiente, camino al colegio, temió por el deber no cumplido y se rió hasta que los cachetes le empezaron a doler. Al llegar al aula se sentó en su banco y no dejó de mirar su hoja en blanco ni un segundo. Pasaba el tiempo y pasaban sus compañeros al pizarrón a mostrar a todos su tarea mientras eran juzgados por la maestra.
Cuando llego el turno de Francisco, tímidamente se acercó al pizarrón. Caminando con la pera en el cuello, un silencio tétrico lo vio pararse al lado de la maestra. Mostrando el cuaderno vacío dijo muy suavemente: “Cada vez que me sentaba a hacer la tarea no se me ocurría nada y me largaba a reír”. El aula se convirtió en un coro de risas. Un ir y venir de gritos y papeles hasta que la maestra obligó el silencio. Ese momento fue mágico. Los ojos de Francisco se abrieron asombrosamente y brillaron más que nunca. La sonrisa había vuelto, pero esta vez decía mucho más. Francisco interrumpió a la maestra y dijo:
-“Claro, la esperaza es las sonrisas de los demás en los ojos de cada uno. Y para eso sirve, sirve para sonreír. Por eso cuando vemos a alguien reír nos brota una sonrisa”.
La maestra se sentó. Ese día la clase la dio Francisco.
Por Mano
Francisco, que estaba cumpliendo los siete abriles, creyó no haber entendido la consigna pero en el momento le preocupaba más la festividad de su cumpleaños. A la salida del colegio hubo pelotero. Emoción a pies descalzos. Envidia de los grandes. Y las observaciones del abuelo:
-“El pelotero es una maqueta del mundo. Todos encerrados. Mil historias. Alegrías y llantos. Guerras y juegos. Muchísimos caminos distintos para terminar siempre en pelotas”
-“Claro Atilio, como el mundo, como el mundo”-dijo la mamá de Francisco pensando en que era la ultima vez que invitaban al abuelo. Pobre, no entendía la lucidez del viejo. Atilio no le dio bolilla y siguió maravillado viendo a los nenes en el pelotero.
A media tarde todo tipo jolgorio había concluido. Este se volvía un día como cualquier otro. Hasta que Francisco se puso a pensar en aquella tarea. Hubo una secuencia que se repitió varias veces: Francisco frente al cuaderno, la hoja en blanco y él estallaba en carcajadas. Se serenaba, pensaba en la pregunta y se reía. Se daba por vencido. Volvía a pensar y volvía a sonreír.
Al día siguiente, camino al colegio, temió por el deber no cumplido y se rió hasta que los cachetes le empezaron a doler. Al llegar al aula se sentó en su banco y no dejó de mirar su hoja en blanco ni un segundo. Pasaba el tiempo y pasaban sus compañeros al pizarrón a mostrar a todos su tarea mientras eran juzgados por la maestra.
Cuando llego el turno de Francisco, tímidamente se acercó al pizarrón. Caminando con la pera en el cuello, un silencio tétrico lo vio pararse al lado de la maestra. Mostrando el cuaderno vacío dijo muy suavemente: “Cada vez que me sentaba a hacer la tarea no se me ocurría nada y me largaba a reír”. El aula se convirtió en un coro de risas. Un ir y venir de gritos y papeles hasta que la maestra obligó el silencio. Ese momento fue mágico. Los ojos de Francisco se abrieron asombrosamente y brillaron más que nunca. La sonrisa había vuelto, pero esta vez decía mucho más. Francisco interrumpió a la maestra y dijo:
-“Claro, la esperaza es las sonrisas de los demás en los ojos de cada uno. Y para eso sirve, sirve para sonreír. Por eso cuando vemos a alguien reír nos brota una sonrisa”.
La maestra se sentó. Ese día la clase la dio Francisco.
Por Mano
miércoles, 6 de agosto de 2008
Leyenda de la rutina
a A. S.
Existe una leyenda rioplatense que dice que la rutina cambia cotidianamente. Se altera ella sin avisar, por lo que no existe rutina alguna, sino ojos deprimidos que ven pasar la vida con pocos colores. O no, simplemente ojos temporalmente angustiados, con parpados demasiado pesados o pestañas mojadas (por lágrimas o lluvias) en punta hacia abajo formando cortinas que no dejan ver. Cuenta la leyenda que cuando el corazón contento y el alma radiante no hay rutina, hay vida y ojos bien abiertos y sonrientes. Y así solo basta caminar mostrando los dientes para darnos cuenta de que hay vida, de lo maravilloso que es reencontrarse, del privilegio que tienen algunos de comer todos los días (aunque sea, otra vez sopa). Un día, todos los días, mirar sonriendo a los de siempre y a los de nunca. Sentarse cada día en un lugar distinto de la misma mesa, tan solo caminar viendo esas imágenes casi vírgenes de miradas, hacer lo de siempre como nunca.
Como toda leyenda, esta se fue transmitiendo de boca en boca. Una vez andando triste por unas calles de tierra tuve la suerte de encontrarme a un viejito con muchas arrugas en la cara y bastantes cicatrices en el corazón. El viejito estaba siempre sentado en algún pueblo de aquí o de allá y mirándome fijo a los ojos me invitó a aprender de aquel soldado que no fue más, que un día soleado como este, como todos, se froto una y otra vez los ojos con las manos como queriendo ver algo nuevo y lo logró. Empezó a caminar y se dio cuenta que ya no marchaba. Nunca más rompió filas, porque sin filas anduvo. Nunca más necesitó escuchar a alguien que le permita el descanso, porque no hubo cansancio que lo encuentre. Nunca más tuvo superiores ni inferiores. Sus ojos, que habían sido analfabetos de colores, miraron e hicieron miles y miles de colores. Se dedicó a robar flores, y llenó los floreros de armas. Desde ese día, el día en que se dio cuenta que dos días nunca podían ser iguales, hizo siempre lo mismo y nunca repitió algo.
Cuenta aquel viejito que nunca murió este ex soldado y que siempre vivió, que no es lo mismo. Cuenta que cada día al despertarse nace, y que se enamora cada vez que ve a una chica con ojos vivos y sonrientes.
Por Mano
martes, 15 de julio de 2008
Sueño
Un cuerpo estaba recostado sobre la cama y soñaba. Ayer se acostaba pensándola y hoy se levanta con el sueño entre los ojos, se pasa el día pensando e imaginando. Anoche soñó con un alma, soñó que ella lo miraba, sus ojos reposados en los de él, brillando más que nunca, como siempre. Ella serena, delicada y blanca. Cada vez que miraba sus ojos sentía que perdía los sentidos o los sentidos lo hacían perderse. Anoche soñó con ella y recién en la vigilia se dio cuenta de que no fue anoche, que es hoy, que es siempre, que a toda hora sueña con esa cara brillante que solo un niño puede retratar si dibuja al sol sonriendo.
Fue anoche que soñó con un alma limpia y su sonrisa no se le va de los ojos. Es peor cuando los cierra, la sonrisa se hace más grande, los pómulos se hinchan, la cara se arruga, un alma radiante de simpatía, es opacada por esta lluvia que nubla sus sentimientos.
Por Mano
Incierto pero real
Ella es así. Él solo sabe que se puede y deja ver. Ella mira sin ver, como es mirada por ojos tristes, que entristecen más con su dulce mirada. No toma en cuenta ni ignora, sabe que es ella y nadie más. Hay muchos que caminan en el lugar, pero una sola que sabe volar. Sencilla, común, brote único, colorido y brillante. No se sabe tan hermosa, o si, pero él la ve tan inocente que descarta la posibilidad de que ella sepa lo radiante que está. Él sabe cosas que ella no, pensarla. Ella no sabe, creo que él nunca sabrá.
Vuelve a los días radiantes y se refleja ante tantos cuerpos. La única capaz de no diferenciarse entre esta mezcla de pensamientos y jardín, alma pura, reina. Más que su imagen no conoce. Ignora muchas cosas de ella, que son secundarias al saber lo que sabe.
Por Mano
Vuelve a los días radiantes y se refleja ante tantos cuerpos. La única capaz de no diferenciarse entre esta mezcla de pensamientos y jardín, alma pura, reina. Más que su imagen no conoce. Ignora muchas cosas de ella, que son secundarias al saber lo que sabe.
Por Mano
lunes, 16 de junio de 2008
Momento con un alma
Fue solo ese instante. Bastó levantar la mirada detenerse en sus ojos, que ellos, y sin que moviesen sus delicados labios, decían que este momento se pasaba solo en silencio. Silencio que fue eterno, maquillado con formalidades, disfrazado de casualidad se vivió esa iluminación fruto de la causalidad. Con gente en la cercanía no existían más que ella y él, solos, cómplices los dos. Fusión de sentimientos originó esa cruel mirada, que lo entristece de a momentos, en otros causa que sienta nada. Ilusión, momento fantástico y eternidad hiriente, contradicción.
Le conforma el saber que no es al único que le pasó que al darse vuelta, para seguir haciendo presente el futuro, este se nutrió solo de pasado; para ambos sigue siendo presente, el momento que habían ocasionado.
Por Mano
Le conforma el saber que no es al único que le pasó que al darse vuelta, para seguir haciendo presente el futuro, este se nutrió solo de pasado; para ambos sigue siendo presente, el momento que habían ocasionado.
Por Mano
sábado, 7 de junio de 2008
Un conejo
Esta vez la llama había parido un animal desconocido para Aldo.
Aldo Neri vivía en la provincia de Jujuy, muy alejado del pueblo y ni que hablar de la ciudad. En una casita muy pequeña, en el medio de calores y distancias interminables. Tenia alrededor de su casa una huerta bastante pequeña y sin grandes cosas, pero con lindos colores y aromas. Tenia también varios animales, todos menos tres ovejas, dos cabras y uno de los perros, habían nacido de aquella llama. Hace años la llama había parido un perro, Aldo lo había encontrado cerca de ella pero no estaba seguro si, efectivamente, había salido del vientre de la llama. Luego confirmo que si, cuando vio nacer a un gato, después una tortuga, dos o tres huevos de gallina (va, de llama, pero luego nacieron pollitos) y hasta un pez, que murió rápido y Aldo no se perdió la oportunidad de comerlo.
Aldo no conocía muchas especies de animales. En toda su vida solo había ido tres veces al pueblo y solo hablaba con su mamá y con Juan Carlos, que le traía algunas de las cosas que vendía para intercambiarlas por cosas que Aldo cosechaba.
Todas las semanas Aldo hacia varios kilómetros para llegar a una estación de servicio y llamar a su mamá, que vivía en la capital. Ese miércoles caminó más rápido que nunca para preguntarle a la mamá de qué animal se trataba esta vez. La mamá le había dicho de la tortuga y el gato después de que Aldo se los describiera. Juan Carlos le había dicho del pez y los pollitos.
-Esta vez se trata de un animal diferente mamá!!
-Que bueno mi`jo, dime como es!
-Bueno, este es el más lindo que haya parido la llama. Es suave, de ojos bien abiertos y con las orejas siempre paradas. De color marrón, pero clarito. Tiene bigotes como los gatos, pero es distinto, va de a saltos.
La madre quedo desconcertada. Nunca había visto un animal así. Le prometió a Aldo que iba a averiguar y que la semana próxima le decía de que animal se trataba.
Así fue. Al martes próximo, Aldo se fue a llamarla.
-Y mamá? Como se llama este animalito que no deja de saltar y saltar?
-Pregunte a varios querido, se trata de un conejo. Son ricos pero no lo comas hasta que la llama te de una “coneja”.
Aldo estaba contentísimo, como cada vez que tenía en su casa un animal nuevo, distinto.
Pasaron algunos días y pasó por su casa Juan Carlos. Como cada vez que había un nuevo animal, Aldo se lo mostraba contento y luego hablaban de aquel animal, sobre que le gustaba comer, de donde era, etcétera:
-Hey, Juan Carlos! Ven que te muestro el nuevo animal, es un conejo.
-A ver...
-Mira esta allí saltando, como siempre.
-Que hermoso que es Aldo, pero no es un conejo, es un canguro!
Por Mano
Aldo Neri vivía en la provincia de Jujuy, muy alejado del pueblo y ni que hablar de la ciudad. En una casita muy pequeña, en el medio de calores y distancias interminables. Tenia alrededor de su casa una huerta bastante pequeña y sin grandes cosas, pero con lindos colores y aromas. Tenia también varios animales, todos menos tres ovejas, dos cabras y uno de los perros, habían nacido de aquella llama. Hace años la llama había parido un perro, Aldo lo había encontrado cerca de ella pero no estaba seguro si, efectivamente, había salido del vientre de la llama. Luego confirmo que si, cuando vio nacer a un gato, después una tortuga, dos o tres huevos de gallina (va, de llama, pero luego nacieron pollitos) y hasta un pez, que murió rápido y Aldo no se perdió la oportunidad de comerlo.
Aldo no conocía muchas especies de animales. En toda su vida solo había ido tres veces al pueblo y solo hablaba con su mamá y con Juan Carlos, que le traía algunas de las cosas que vendía para intercambiarlas por cosas que Aldo cosechaba.
Todas las semanas Aldo hacia varios kilómetros para llegar a una estación de servicio y llamar a su mamá, que vivía en la capital. Ese miércoles caminó más rápido que nunca para preguntarle a la mamá de qué animal se trataba esta vez. La mamá le había dicho de la tortuga y el gato después de que Aldo se los describiera. Juan Carlos le había dicho del pez y los pollitos.
-Esta vez se trata de un animal diferente mamá!!
-Que bueno mi`jo, dime como es!
-Bueno, este es el más lindo que haya parido la llama. Es suave, de ojos bien abiertos y con las orejas siempre paradas. De color marrón, pero clarito. Tiene bigotes como los gatos, pero es distinto, va de a saltos.
La madre quedo desconcertada. Nunca había visto un animal así. Le prometió a Aldo que iba a averiguar y que la semana próxima le decía de que animal se trataba.
Así fue. Al martes próximo, Aldo se fue a llamarla.
-Y mamá? Como se llama este animalito que no deja de saltar y saltar?
-Pregunte a varios querido, se trata de un conejo. Son ricos pero no lo comas hasta que la llama te de una “coneja”.
Aldo estaba contentísimo, como cada vez que tenía en su casa un animal nuevo, distinto.
Pasaron algunos días y pasó por su casa Juan Carlos. Como cada vez que había un nuevo animal, Aldo se lo mostraba contento y luego hablaban de aquel animal, sobre que le gustaba comer, de donde era, etcétera:
-Hey, Juan Carlos! Ven que te muestro el nuevo animal, es un conejo.
-A ver...
-Mira esta allí saltando, como siempre.
-Que hermoso que es Aldo, pero no es un conejo, es un canguro!
Por Mano
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