“Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano

sábado, 18 de diciembre de 2010

El misterioso Señor B

El Señor B, sentado en un café, se pide un té y dos medialunas. Es viejo desde siempre, tartamudo. Tiene los cachetes finos pero caídos. Los párpados también. Desde la silla le cuesta mirar los ojos del mozo parado tan cerca. Parece siempre cansado. Descansa antes de empezar a hablar, y en el medio. En el descanso piensa y encuentra la palabra justa. Luego siegue y vuelve a parar, a descansar, a pensar, a encontrar y a seguir acertando. Así lo vi la única vez que lo vi. Aunque no lo escuché.

En nada se parece al de los cuentos "Últimos atardeceres en la tierra" o "Días de 1978", entre otros. El señor B no es joven, activo. No toma alcohol ni drogas, no conoce latinoamerica ni le gustan los poetas surrealistas fraceses. Quizás pensándolo un poco más, con detenimiento, prestando atención a ciertos detalles que, en una primera mirada se dejan de lado, se podría afirmar que los dos B, el joven y el viejo, se parecen, muy en el fondo y tal vez en las antípodas de las descripciones que podrían merecer cada uno por separado; eso, las antípodas, los extremos opuestos, los unen en varios sentidos. Pero esa no es la cuestión principal.

Todos lo sabemos, el Señor B siempre se comportó como un viejo, en las actividades, en los gustos, en las maneras de moverse y de vestirse. Siempre fue señor el Señor B, nunca muchacho, ni pibe, ni niño. Pero hay algo llamativo en lo que coinciden todas las personas, incluso las que lo conocen hace casi cien años, a las que le pregunté por él, que tanto me intrigaba. El Señor B usa unas zapatillas topper blancas de cuero con cordones negros muy ajustados. Hay quienes dicen haberlo visto con las mismas zapatillas pero de lona (también con cordones negros), pero son muy pocos y titubean cuando se les pregunta por tiempos y lugares.

Un amigo tiene la teoría de que las personas se definen por su calzado. Insiste con eso cada vez que puede. Que una mina es ligera si tiene tacos finos y altos; que un tipo es inseguro por tener los zapatos relucientes de lustre; que todos los niños que en su calzado llevan escrito su nombre, de grandes, terminan por matar a sus madres; que quienes andan con los cordones sueltos o desatados están más próximos a la libertad, al desapego espiritual, que al compromiso; que cuan más alto es el calzado más bajo es la lucidez intelectual; que la sandalia habla de los problemas con el propio cuerpo; que los que usan los cordones atados en los tobillos se la pasan hablando de sí mismos. Y así mi amigo podría estar toda su vida. Dime lo que calzas y te diré quién eres. Pero con el Señor B esa teoría se te va al carajo, le digo. Para justificarse, sorprendido, a veces dice que es la excepción que corrobora la regla, y otras asegura que no, que justamente las zapatillas demuestran lo que en verdad es. Pero yo no lo entiendo y él no me explica más.

Yo, cuando lo vi, como un boludo, no le miré los pies. Todos los que se los miraron, aunque no coincidan en lo que vieron, hablan de belleza. Estoy casi seguro de que usa topper, pero lo que más me intriga ahora es por qué y qué quiere decir eso. ¿Será cierta aquella teoría y el Señor B nos engaña a todos mostrándose de una manera y siendo de otra? Porque, según mi amigo, los que usan topper, lejos de parecerse al Señor B, son bondadosos y dados en las relaciones sociales.

Otra gente estaba con él. Un joven escritor argentino con más presente que futuro: menos promesa que realidad. En la mesa, además, se encontraba el autor nunca reconocido, con los mismos años que el Señor B pero con muchísimos menos ojos que lo miren. El autor de moda pero de calidad, la última joyita de los hombres que quedan en el mundo de las letras nacionales, reconocido por todos, estaba ahí sentado, también. Y, por último, la mujer de éste y consagrada por ser la primera mujer en ganar el Premio K. Todos ellos hablando muy fuerte, todos nosotros los escuchábamos. Pero nadie sabía de qué hablaban. Eran como gritos descoordinados. Por eso todos lo vimos a Él y de ahí que volví siempre al bar a hablar sobre aquella tarde en que lo vimos. Porque el resto de los presentes, habitués y visitantes casuales, también lo vieron. Ellos me podían dar más datos, incrementar información sobre el Señor B. Pero pocos dicen haberle visto los pies aunque todos coincidamos en las características sobre su personalidad y aspecto físico, de los que ya hablé y poco me importan. Mi investigación, hoy en día, se basa menos en el Señor B que en su calzado. Todos sabemos que algo esconde, estoy convencido de que el misterio que de Él se desprende no está en su obra sino en develar el enigma de sus zapatillas. La solución del misterio es más compleja que el misterioso Señor B.

2 comentarios:

Pilar Rey dijo...

1) me di cuenta q usar topper me hace copada! pero las sandalias develan mi complejo corporal! estoy en problemas! ajja
2) ahora quiero saber que onda con el Señor B!!!
3) tkm!

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